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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.384

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Otro que no fuera Enrique hubiera guardado silencio no atreviéndose a decir nada; pero Enrique, hábil calculador ante todo, comprendió que su silencio le traicionaría. Por lo general nadie pierde así como así a uno de sus servidores, mucho más cuando se trata de un confidente. Lo natural es hacer pesquisas, averiguar algo o pretender hacerlo.
Enrique, pues, averiguó y buscó en presencia del rey y de la misma reina madre. Preguntó por Orthon a todo el mundo, desde el centinela que se paseaba frente a la puerta del Louvre hasta el capitán de los guardias que permanecía en la antecámara del rey.
Todas las preguntas y gestiones fueron inútiles y Enrique pareció tan visiblemente afligido por aquel su­ceso, y se mostró tan ligado al pobre criado desapareci do, que declaró que no le reemplazaría hasta que hubiese adquirido la certidumbre de que había desaparecido para siempre.
Como ya hemos dicho, cuando Margarita entró en las habitaciones del rey, la antecámara estaba vacía.
Por leves que fuesen los pasos de la reina, Enrique los oyó y acudió al encuentro de la reina.
-¿Vos, señora? -exclamó.
-Sí, yo -respondió Margarita-, leed esto ahora mismo.
Y le presentó el papel desdoblado.
Decía así:
-«Señor, ha llegado el momento de poner en ejecución el proyecto de fuga. Pasado mañana habrá caza de halcones a lo largo del Sena, desde Saint-Germain hasta Maisons, es decir, de un extremo al otro del bos­que.
»Asistid a esta cacería, aunque se trate de una caza con halcones, llevad bajo vuestro jubón una buena cota de malla, ceñíos vuestra mejor espada y montad el mejor caballo de vuestras cuadras.
»Hacia mediodía, es decir, en el momento culminante de la caza, cuando el rey se haya lanzado tras el halcón, apartaos solo, si vais a venir solo, o con la reina de Navarra si piensa acompañaros.
»Cincuenta de los nuestros estarán escondidos en el pabellón de Francisco I, cuya llave tenemos. Todo el mundo ignorará que están allí, puesto que llegarán de noche y las ventanas estarán cerradas.
»Pasaréis por el sendero de las violetas, al fondo del cual me encontraréis. A la derecha de este sendero, en un pequeño claro, estarán La Mole y Coconnas con dos caballos. Estos caballos de refresco servirán para reemplazar el vuestro y el de Su Majestad la reina de Navarra, si por casualidad estuvieran fatigados.


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