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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.383

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Página 383 de 497



-Que buscaría en mi biblioteca.
-Muy bien; es necesario que le deis ese libro.
-Pero el caso es que no lo he encontrado.
-Ya lo encontraré yo..., pero es preciso que se lo deis como si fuese vuestro.
-¿Con qué objeto?
-¿Tenéis confianza en mí?
-Sí, madre mía.
-¿Queréis obedecerme ciegamente en lo que respecta a Enrique, a quien no queréis, aun cuando afir máis lo contrario?
Alençon sonrió.
-Y a quien yo detesto -terminó Catalina.
-Sí, os obedeceré.
-Venid pasado mañana a buscar el libro. Yo os lo daré, vos se lo llevaréis a Enrique y...
-¿Y...?
-Dejad que Dios, la Providencia o el azar hagan el resto.
Francisco conocía bastante a su madre para saber que, por lo general, no confiaba a Dios, a la Providen ­cia o al azar la labor de favorecer sus simpatías o sus odios, pero se guardó muy bien de añadir una sola pa-labra y, saludando, como quien acepta una comisión que le han encargado, se retiró a sus habitaciones.
«¿Qué habrá querido decir? -pensó el joven mientras subía la escalera-. Lo ignoro; lo único que para mí está claro es que ella obra contra un enemigo común. Por lo tanto, que haga lo que quiera.»
Entre tanto, Margarita, por intermedio de La Mole, recibía una carta de De Mouy. Como en política los dos ilustres consortes no tenían secretos, abrió la carta y leyó.
Debió de parecerle interesante el mensaje, pues en cuanto acabó de leerlo, y aprovechando las sombras que empezaban a invadir el Louvre, se deslizó por el pasadizo secreto, subió la escalera de caracol y, después de mirar atentamente a todos lados, se dirigió como una sombra al departamento del rey de Navarra.
En la antecámara no había nadie de guardia desde que desapareció Orthon.
Esta desaparición, de la que no hemos vuelto a hablar desde que el lector tuvo conocimiento de la manera tan trágica en que ocurrió, había preocupado mucho a Enrique. Habló acerca de ella con la señora de Sauve y con su esposa, pero ninguna de las dos sabía más que él. Únicamente la señora de Sauve le proporcionó algunos datos gracias a los cuales Enrique comprendió que el pobre muchacho habría sido víctima de alguna venganza de la reina madre y que, como consecuencia de todo aquello, él había estado a punto de ser detenido con De Mouy en la posada de A la Belle Etoile.


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