La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.382
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Por lo tanto, soportó perfectamente la mirada.
-¡De Mouy! -dijo con sorpresa y como si aquel nombre fuera pronunciado en su presencia por primera vez.
-Sí, el hugonote De Mouy de Saint-Phale, el mismo que estuvo a punto de matar a Maurevel y que de manera clandestina, recorriendo Francia y la capital bajo distintos disfraces, intriga y prepara un ejército para sostener a vuestro cuñado Enrique contra nuestra familia.
Catalina, que ignoraba que sobre aquel punto se hallaba su hijo tan enterado como ella o más, se levantó y se dispuso a salir majestuosamente.
Francisco la detuvo.
-Madre -le dijo -, una palabra, por favor. Pues to que os habéis dignado iniciarme en vuestra política, decidme, ¿cómo, con tan pobres recursos y siendo tan poco conocido como es, puede hacer Enrique una guerra tan seria como para inquietar a mi familia?
-Niño -dijo la reina, sonriendo -, sabed que está apoyado por más de treinta mil hombres y que, el día que pronuncie una palabra, esos treinta mil hombres aparecerán de pronto como si salieran de la tierra y esos treinta mil hombres son hugonotes, es decir, los soldados más valientes del mundo. Además tiene una protección que vos no supisteis o no quisisteis ganaros.
-¿Cuál?
-Tiene al rey, al rey, que le quiere y le ayuda; al rey, que por envidias con su hermano, el rey de Polo nia, y por despecho contra vos, busca en torno suyo un sucesor. Solamente que, como sois ciego, no veis que lo está buscando fuera de su familia.
-¿Lo creéis así, señora?
-¿No habéi s notado que quiere a Enriquito, a su Enriquito?
-Sí, madre mía, sí.
-¿Y no habéis notado que es correspondido, que el mismo Enriquito, olvidando que su cuñado quiso matarle la noche de San Bartolomé, se arrastra a sus pies como un perro que lame la misma mano que le ha castigado?
-Sí, sí -murmuró Francisco -, ya he advertido que Enrique es muy humilde con mi hermano Carlos.
-Y que se las ingenia por complacerle en todo.
-Hasta el punto de que, indignado por ser objeto de las burlas del rey, debido a su igno rancia en la caza con halcones, pretende adiestrarse y ayer me preguntó si yo tenía algunos libros buenos que trataran de este arte.
-¿Y qué le respondisteis? -preguntó Catalina, cuyos ojos relampaguearon como si se le hubiese ocurrido repentinamente una idea.
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