La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.381
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-Hay grandes novedades, señora -dijo -. ¿Las sabéis?
-Sé que tratan de convertiros en rey, señor.
-Es una gran bondad por parte de mi hermano.
-¿Verdad que sí?
-Casi me inclino a creer que os lo debo. Suponga mos que fuerais vos quien hubiese dado al rey el consejo de regalarme un trono. Pero o s confieso que en el fondo me apena despojar de este modo al rey de Navarra.
-Profesáis gran afecto a mi hijo Enriquito, ¿no es verdad?
-En efecto, desde hace algún tiempo somos íntimos amigos.
-¿Creéis que él os quiere del mismo modo?
-Supongo que sí, señora.
-Es ejemplar una amistad como ésa, sobre todo entre príncipes. Las amistades en la corte ya sabéis, mi querido Francisco, que tienen fama de ser poco sólidas.
-Pensad, madre mía, que no sólo somos amigos, sino casi hermanos.
Catalina sonrió de un mo do extraño.
-¿Acaso hay hermanos entre los reyes?
-¡Oh! Si es por eso, ninguno de los dos lo éramos cuando nos hicimos amigos, ni siquiera teníamos pro babilidades de llegar a serlo nunca; quizá por eso mismo nos cobramos afecto.
-Sí, pero las cosas han cambiado mucho actualmente.
-¡Que han cambiado!
-Desde luego. ¿Quién os dice ahora que no seréis reyes los dos?
Al ver Catalina el estremecimiento nervioso del duque y de qué modo el rubor invadía sus mejillas, comprendió que su golpe había ido directo al corazón de su hijo.
-¿Él? -dijo el duque -. ¿Rey, Enriquito? ¿Y de qué reino, señora?
-De uno de los más poderosos de la cristiandad, hijo mío.
-¿Qué decís, madre mía? -dijo Alençon perdiendo el color.
-Lo que una buena madre debe decir a su hijo, lo que vos habéis pensado más de una vez, Francisco.
-¿Yo? No he pensado en nada, señora, os lo juro.
-Quiero creeros, porque vuestro amigo, vuestro hermano Enrique, como le llamáis, bajo su aparente franqueza, es un hombre muy hábil y astuto, que guar da sus sec retos mejor que vos los vuestros. Por
ejemplo, ¿os ha dicho alguna vez que De Mouy era su hombre de confianza?
Al decir estas palabras, Catalina hundió como un estilete su mirada en el alma de Francisco.
Pero el duque no tenía más que una virtud o, mejor dicho, un vicio: el disimulo.
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