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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.379

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Y eso que tirabais con vuestro propio arcabuz. En cam-bio, le rompisteis una pata a mi mejor caballo. ¡Por todos los diablos! ¿Sabéis, Francisco, que me estáis dando que pensar?
-¡Oh, señor! Atribuidlo a mi emoción -dijo el duque poniéndose blanco.
-Sí -continuó Carlo s-, fue por la emoción, ya lo sé. Precisamente por esta emoción, que aprecio en su justo valor, os digo: Creedme, Francisco, es preferible que cacemos lejos uno de otro, sobre todo cuando se es víctima de emociones semejantes. Reflexionad acerca de esto, hermano mío, no en mi presencia, puesto que ya veo que os turba, sino cuando estéis solo, y conven dréis en que tengo razón cuando temo que en otra cacería os embargue de nuevo la emoción, pues no hay nada que haga perder la puntería como la emoción, y entonces mataríais al caballero, en lugar de matar al caballo, y al rey, en vez de su cabalgadura. ¡Pardiez! Una bala disparada demasiado alta o demasiado baja puede cambiar completamente la política, y un buen ejemplo de esto lo tenemos en nuestra familia. Cuando Montgomery mató a nuestro padre Enrique II por accidente, o quién sabe si por emoción, el golpe llevó a nuestro hermano Francisco II al trono y a nuestro padre Enrique al cementerio de San Dionisio. ¡Tan poco necesita Dios para cambiarlo todo!
El duque sintió que un sudor frío le corría por la frente al oír aquellas palabras tan terribles como imprevistas.
Era imposible que el rey le dijese de un modo más claro a su hermano que lo había adivinado todo. Car­los, ocultando su cólera bajo un velo de ironía, resultaba quizá más temible que si hubiese dejado salir a borbotones la odiosa lava que le devoraba el corazón; su venganza era tan grande como su rencor, una y otro se acentuaban paralelamente y, por vez primera, Alençon sintió el remordimiento o, más bien, el pesar de haber concebido un crimen que no pudo llevarse a cabo.
Sostuvo la lucha mientras pudo, pero ante aquel último golpe bajó la cabeza y Carlos pudo ver en sus ojos esa llama que en los seres de naturaleza débil anuncia la aparición de las lágrimas. El duque de Alençon era de los que no lloran como no sea de rabia.
Carlos no apartaba de él sus ojos de buitre, absorbiendo, por así decir, cada una de las sensaciones que se sucedían en el corazón del joven.


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