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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.377

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No por eso dejó de acudir al llamamiento de su hermano, aunque lo hiciera con calculada prisa.
Carlos est aba en pie silbando un aire de caza.
Al entrar, el duque de Alençon sorprendió en los ojos vidriosos de Carlos una de aquellas miradas vene­nosas que tan bien conocía.
-Vuestra Majestad me mandó llamar -dijo-. Aquí estoy, señor, ¿qué desea de mí Vuestra Ma jestad?
-Quiero deciros, mi querido hermano, que para recompensar el cariño que me profesáis, estoy decidido a hacer hoy por vos lo que os guste más.
-¿Por mí?
-Sí, por vos. Buscad en vuestra mente algo que deseáis desde hace tiempo sin atreveros a pedírm elo y os lo daré.
-Señor-dijo Francisco -, os juro como hermano que no deseo más sino que continuéis gozando de buena salud.
-Entonces estaréis satisfecho, Francisco. Ya me he curado de la indisposición que tuve cuándo vinieron los embajadores polacos. Me salvé, gracias a Enriquito, del furioso jabalí que quería matarme, y me siento tan fuerte como para no envidiar al más sano de mi reino. Podéis, pues, sin ser un mal hermano, desear otra cosa que no sea mi salud, ya que ésta es excelente.
-No deseo nada, señor.
-Sí, sí, Francisco -replicó Carlos impacientándose -, deseáis la corona de Navarra, puesto que os pusisteis de acuerdo con Enrique y con De Mouy; con el primero para que renunciara y con el segundo para que os la ofrecieran. Pues bien, sabed que Enri que renuncia, que De Mouy me ha transmitido vuestro deseo y que esta corona que ambicionáis...
-¿Qué? -preguntó Alençon con voz temblo rosa.
-¡Que es vuestra, voto al diablo!
Alençon se puso terriblemente pálido; de repente toda la sangre de su corazón se le vino a las mejillas, que se animaron con un súbito rubor. La gracia que le concedía el rey no le hacía en absoluto feliz en aquel momento. Por el contrario, le desesperaba.
-Pero, señor -repuso trémulo de emoción, y tratando de recobrar su aplomo-, nada he deseado y, sobre todo, no he pedido nada semejante.
-Es posible-dijo el rey -, pues sois muy discreto, hermano mío, pero otros han deseado y pedido ya por vos.
-Señor, os juro que jamás...
-No juréis en vano.
-¿Me desterráis entonces, señor?
-¿Llamáis destierro a eso, Francisco? ¡Pardiez, qué difícil sois! ¿Esperáis algo mejor acaso?


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