La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.374
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Por eso querían solicitar a Vuestra Majestad que la pusiera en una cabeza que le fuese querida.
-¿A mí? -dijo Carlos-. ¿Sobre una cabeza que me sea querida? ¿A qué cabeza os referís, señor? No os entiendo.
-A la cabeza del señor duque de Alençon.
Catalina se puso pálida como una muerta y fulminó a De Mouy con una mirada.
-¿Y mi hermano lo sabía?
-Sí, señor.
-¿Y aceptaba la corona?
-Con la aprobación de Vuestra Majestad, a la cual nos remitía.
-¡Oh! -exclamó Carlos-. Efectivamente, es una corona que le vendría muy bien a mi hermano Francisco. ¡Cómo no se me había ocurrido! Gracias, De Mouy, muchas gracias. Cuando tengáis otras ideas semejantes venid al Louvre; seréis bien recibido.
-Señor, estaríais informado de este proyecto hace ya mucho tiempo, a no ser por ese maldito asunto de Maurevel, por el que temí haber caído en desgracia con Vuestra Majestad.
-Sí -dijo Catalina-, ¿pero qué opinaba Enrique de semejante proyecto?
-El rey de Navarra, señora, se sometía al deseo de sus hermanos y tenía su renuncia dispuesta
-En tal caso -dijo Catalina -, ¿tenéis vos la renuncia
-En efecto, señora -continuó De Mouy -, la tengo aunque por casualidad. Está fechada y firmada por él
-¿Con una fecha anterior a la escena del Louvre? preguntó Catalina
-Sí, de la víspera, creo
El señor De Mouy sacó del bolsillo la renuncia en favor del duque de Alençon, escrita y firmada por En
rique y que llevaba la fecha indicada. -¡A fe mía! Todo está en regla -dijo Carlos. -¿Y qué pedía Enrique a cambio de su renuncia? -Nada, señora; nos dijo que la amistad del rey Carlos le compensaba con creces la pérdida de una corona. Catalina, en el furor de su cólera, se mordió los labios y apretó los puños. -Entonces -replicó la reina madre-, si todo estaba resuelto entre vos y el rey de Navarra, ¿qué fin tenía la
entrevista que tuvisteis esta noche con él? -¿Yo con el rey de Navarra, señora? -dijo De Mouy -. El señor de Nancey, que fue quien me detuvo,
puede dar fe de que no había nadie conmigo. Llamadle si queréis. -¡Señor de Nancey! -gritó el rey. El capitán de guardias acudió a la llamada. -Señor de Nancey -dijo Catalina con viveza-, ¿estaba solo el señor De Mouy en la posada de A la Belle
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