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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.373

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Como desde entonces han ocurrido graves acontecimientos, pensé que el rey se había visto, pese a su buena voluntad, imposibilit ado de cumplir sus deseos. Al tener a Maurevel a mi alcance, creí que el Cielo me lo enviaba. Vuestra Majestad conoce el resto; le ataqué como a un asesino y disparé sobre sus hombres como si fuesen bandidos.
Carlos no respondió. Su amistad con Enrique le hacía ver, de algún tiempo a aquella parte, muchas cosas desde otro punto de vista. Más de una vez sus nuevos descubrimientos le produjeron terror.
La reina madre recordaba frases salidas de la boca de su hijo a propósito de la noche de San Bartolomé, que más que otra cosa parecían revelar sus remordimientos.
-Pero decid, ¿qué hacíais a semejante hora en la alcoba del rey de Navarra? -preguntó Catalina.
-¡Oh! -respondió De Mouy -. Ésa es una historia muy larga de contar, pero si Su Majestad tiene la paciencia de oír...
-Sí -dijo Carlos-, hablad; es mi deseo.
-Obedezco, señor -dijo De Mouy inclinándose.
Catalina tomó asiento y clavó en el joven jefe una mirada inquieta.
-Os escuchamos -dijo Carlos-. Ven aquí, Acteón.
El perro volvió a ocupar el sitio qu e tenía antes de que entrara el detenido.
-Señor -dijo De Mouy -, había venido a ver a Su Majestad el rey de Navarra como enviado de nuestros hermanos, vuestros fieles súbditos protestantes.
Catalina hizo entonces una seña a Carlos IX.
-Estad tranquila, madre mía -dijo éste-, no pierdo una palabra. Continuad, señor De Mouy, continuad, ¿para qué vinisteis?
-Para advertir al rey de Navarra -continuó De Mouy -que su abjuración le había hecho perder la confianza del partido hugonote, pero que, no obstante, en recuerdo de su padre Antonio de Borbón y, sobre todo, en memoria de su madre la valerosa Juana de Albret, cuyo nombre es venerado entre nosotros, tenía­mos con él la deferencia de rogarle que desistiera de sus derechos a la corona de Navarra.
-¿Qué está diciendo? -interrumpió Catalina, quien, a pesar de su dominio, no pudo recibir aquel golpe inesperado sin una protesta.
-¡Ah! -exclamó Carlos-. Me parece que esa corona de Navarra, que así, sin mi permiso, va de cabeza en cabeza, me pertenece un poco.
-Los hugonotes, señor, reconocen mejor que nadie ese principio de soberanía que el rey acaba de ex­presar.


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