La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.372
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-Hijo mío -dijo Catalina-, es la última vez que intervengo en vuestros asuntos. Se trataba de un plan iniciado hace mucho tiempo, y como en vuestra opinión yo estaba equivocada, quería probar a Vuestra Majestad lo contrario.
Varios hombres se detuvieron en aquel momento en el vestíbulo y se oyó el ruido que hacían los mosquetes de una peque ña tropa al chocar contra las baldosas del suelo.
En seguida el señor de Nancey pidió permiso para entrar en el aposento del rey.
-Que pase -dijo Carlos.
El capitán entró, saludó al rey y, volviéndose hacia Catalina, dijo:
-Señora, se han cumplido las órdenes de Vuestra Majestad: está preso.
-¿Cómo que está preso? -exclamó Catalina extrañada -. ¿No trajisteis más que a uno?
-Estaba solo, señora.
-¿Se defendió?
-No, cenaba tranquilamente en una habitación y entregó su espada a la primera invitación.
-¿Quién ? -preguntó el rey.
-Lo vais a ver --dijo Catalina -. Haced entrar al prisionero, señor de Nancey.
Cinco minutos después era introducido De Mouy.
-¡De Mouy! -exclamó el rey-. ¿Qué os sucede, señor?
-Señor-repuso De Mouy con perfecta calma-, si Vuestra Majestad me lo permite, le haré la misma pregunta.
-En lugar de preguntar nada al rey -dijo Catalina-,tened la bondad, señor De Mouy, de decir a mi hijo quién era el hombre que estaba cierta noche en la alcoba del rey de Navarra y, resistiendo a las órdenes de Su Majestad como un rebelde, mató a dos guardias e hirió al señor de Maurevel.
-En efecto-dijo Carlos frunciendo el ceño -, ¿sabríais el nombre de esa persona, señor De Mouy?
-Sí, señor, ¿desea conocerlo Vuestra Majestad?
-Os confieso que sería un placer para mí.
-Pues bien, señor, se llama De Mouy de SaintPhale.
-¿Erais vos?
-Yo mismo.
Catalina, asombrada de tanta audacia, retrocedió un paso.
-¿Y cómo tuvisteis la osadía de resistir a las órdenes del rey? -dijo Carlos IX.
-Ante todo, señor, ignoraba que existiese una orden de Vuestra Majestad; además, no vi más que una cosa o, mejor dicho, no vi más que a un hombre, al señor de Maurevel, al asesino de mi padre y del almirante. Recordé entonces que hacía un año y medio que Vues tra Majestad, en esta mism a habitación yen la tarde del veinticuatro de agosto, me prometió personalmente que se haría justicia en la persona del asesino.
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