La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.371
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-¿Cómo demonios quieres que entre?
-¿No recuerda Vuestra Majestad la ventana de la reina de Navarra?
-¡Por Dio s! -dijo Enrique -. Tenéis razón, señor de La Mole. ¡A mí que ni siquiera se me había ocu rrido!... ¿Pero cómo avisaremos a la reina?
-¡Oh! -dijo La Mole inclinándose respetuosamente y con un gesto de gratitud-. ¡Vuestra Majestad sabe arrojar piedras con tanta maestría...!
XVI
DE MOUY DE SAINT -PHALE
Por esta vez Catalina había tomado tantas precauciones que creía estar segura de su éxito.
En consecuencia, a eso de las diez despidió a Margarita convencida, y era verdad, de que la reina de Navarra ignoraba lo que se tramaba contra su marido, y pasó a las habitaciones del rey rogándole que esperara un poco antes de acostarse.
Intrigado por el aire de triunfo que, pese a su di simulo habitual, revelaba el rostro de su madre, Carlos interpeló a Catalina, quien replicó con estas solas palabras:
-Nada más que una cosa puedo decir a Vuestra Majestad, y es que esta noche se verá libre de sus dos enemigos más crueles.
Carlos levantó las cejas como si pensara para sus adentros: «Está bien, ya veremos.» Y silbando a su galgo, que vino hasta él arrastrándose sobre el vientre como una serpiente y puso su cabeza fina a inteligente sobre las rodillas de su amo, esperó.
Al cabo de algunos minutos, durante los cuales Catalina permaneció sin mover los ojos y con el oído atento, se oyó un tiro de pistola en el patio del Louvre.
-¿Qué ruido es ése? -preguntó Carlos frunciendo el ceño mientras el galgo se levantaba con un brusco movimiento irguiendo las orejas.
-Nada -dijo Catalina-, una señal, eso es todo.
-¿Y qué significa esa señal?
-Significa que a partir de este momento vuestro único, vuestro verdadero enemigo ya no puede haceros daño.
-¿Han matado a un hombre? -preguntó Carlos, mirando a su madre con esa expresión de amo que indica que el asesinato y el perdón son do s atributos inherentes al monarca.
-No, señor, lo que acaban de hacer es arrestar a dos.
-¡Oh! -murmuró Carlos-. ¡Siempre tramas ocultas, siempre complots que el rey ignora! ¡Pardiez! Madre mía, soy ya lo bastante grande para velar por mí mismo y no necesito andadores ni chichonera. Idos a Polonia con vuestro hijo Enrique si queréis reinar, pero aquí ya os he dicho que os equivocáis y que hacéis mal en seguir el juego.
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