La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.368
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-¿Tenéis dinero, señor
Enrique hizo el gesto con que durante toda su vida respondió a semejante pregunta
-No mucho-dijo-, pero creo que Margot tiene
-Sea de quien sea, llevad lo más que podáis
-Y mientras, ¿qué harás tú
-Después de ocuparme de los asuntos de Vuestra Majestad muy activamente como veis, Vuestra Majes
tad me permitirá que me ocupe un poco de los míos. -Desde luego, De Mouy, desde luego; pero ¿de qué asuntos se trata? -Escuchadme, señor. Orthon me ha dicho (y es un muchacho muy inteligente que recomiendo a Vuestra
Majestad), me ha dicho, repito, que encontró ayer cerca del Arsenal a ese bergante de Maurevel, que se ha
restablecido gracias a los cuidados de Renato y que sale a tomar el sol como buena serpiente que es. -¡Ah! Sí, ya entiendo -dijo Enrique. -¿Comprendéis? Bueno... Algún día seréis rey, señor, y si tenéis que cumplir alguna venganza del género
de la mía, lo haréis como rey. Yo soy soldado y debo vengarme como tal. Así, pues, cuando acabe de resolver nuestros asuntos, lo que dará a ese canalla un plazo de cinco o seis días más para restablecerse, iré yo mismo a dar una vuelta por el lado del Arsenal y le de jaré clavado en el césped con cuatro buenas estocadas, después de lo cual abandonaré París con el corazón más ligero.
-Resuelve tus asuntos, amigo mío, resuélvelos como quieras -dijo el bearnés-; y a propósito, estás contento con La Mole, ¿verdad? -¡Ah! Es un muchacho encantador y fiel a Vuestra Majestad en cuerpo y alma. Podéis contar con él, señor, lo mismo que conmigo... Es valiente... -Y sobre todo discreto; nos acompañará a Navarra y, una vez que estemos allí, ya buscaremos el modo de recompensarle. Cuando Enrique acababa de pronunciar estas palabras con su sonrisa socarrona, se abrió la puerta violen
tamente y apareció, pálido y agitado, aquél cuyo elogio acababan de hacer. -¡Alerta, señor! -gritó-. ¡Alerta! La casa está sitiada. -¡Sitiada! -exclamó Enrique levantándose-. ¿Por quién? -Por los guardias del rey. -¡Oh! -dijo De Mouy sacando sus pistolas del cinto-. Por lo visto vamos a tener pelea. -Sí -dijo La Mole-, se trata de pistolas y de pelea; pero ¿qué queréis hacer contra cincuenta hombres? -Tienes razón -dijo el rey-, y si hubiera algún medio de escapar... -Hay uno que ya me sirvió a mí en otra ocasión, y si Vuestra Majestad quiere seguirme.
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