La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.366
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Entre tanto, Enrique y De Mouy se instalaban en la habitación señalada.
-¿Habéis visto a Orthon, señor?-dijo De Mouy cuando Gregorio hubo terminado de poner la mesa.
-No, pero vi el mensaje que dejó detrás del espejo. Presumo que el muchacho se habrá asustado, pues la reina Catalina se presentó cuando él estaba aún en la alcoba, de modo que se fue sin esperarme. Por un instante sentí cierta inquietud, pues Dariole me dijo que la reina madre le había interrogado durante mucho tiempo.
-¡Oh! No hay peligro, el chiquillo es hábil, y aun que la reina madre sabe su oficio, estoy seguro de que le
dará trabajo.
-¿Y vos le visteis? -preguntó Enrique.
-No, pero le veré esta noche; a las doce vendrá aquí a buscarme con un trabuco; ya me contará en el camino lo que le pasó.
-¿Y el hombre que estaba en la esquina de la calle Mathurins?
-¿Qué hombre?
-El que me prestó el caballo y la capa. ¿Tenéis confianza en él?
-Es uno de los más fieles entre los nuestros. Por otra parte, no conoce a Vuestra Majestad a ignora con quién se ha encontrado.
-Entonces ¿podemos hablar con toda tranquilidad?
-Sin duda; además, vigila La Mole.
-Magnífico.
-¿Y qué dice el señor de Alençon, señor?
-El señor de Alençon ya no quiere irse, De Mouy; se ha expresado claramente a este respecto. La elección del duque de Anjou para el trono de Polonia y la enfer medad del rey han cambiado todos sus planes.
-¿De modo que es él quien ha frustrado nuestros proyectos?
-Sí.
-Entonces ¿nos traiciona?
-Aún no, pero nos traicionará en la primera ocasión que encuentre.
-¡Cobarde! ¡Pérfido! ¿Por qué no habrá respondido a las cartas que le escribí?
-Para tener pruebas y no darlas. Mientras tanto, todo se ha perdido, ¿no es cierto, De Mouy?
-Al contrario, señor, todo se ha ganado. Ya sabéis que el partido entero, excepto la fracción del príncipe de Condé, está de parte vuestra y solamente utilizaba al duque, con el cual aparentaba estar en relación, como salvaguardia. Pues bien, desde el día de su ceremonia he hecho que todos sean aliados vuestros. Cien hom bres os bastaban para huir con el duque de Alençon; dispongo de mil quinientos. Dentro de ocho días estarán dispuestos, escalonados en el camino de Pau.
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