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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.365

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-Bueno, lo pagaré aparte. ¡Ah! Aquí llega preci samente mi convidado.
En efecto, la puerta acababa de abrirse dando paso a un caballero de mayor edad que el primero y que llevaba al costado un espadón.
-¡Ah! Sois muy puntual, amigo; para un hombre que acaba de recorrer doscientas leguas es difícil llegar con tanta exactitud.
-¿Es éste vuestro invitado? -preguntó La Hurière.
-Sí -dijo quien había llegado primero, dirigiéndose al joven del espadón y estrechándole la mano-; servidnos la cena.
-¿Aquí o en vuestro cuarto?
-Donde queráis.
-Maese -dijo La Mole llamando a La Hurière-, libradnos de esos tipos que parecen hugonotes; delante de ellos, Coconnas y yo no podremos hablar una palabra de nuestros asuntos.
-Servid la cena en el cuarto número dos del tercer piso -dijo La Hurière a su ayudante. Y luego a los re­cién llegados-: Subid, señores, subid.
Los dos caballeros siguieron a Gregorio, que iba delante con una vela.
La Mole los siguió con la vista hasta que desaparecieron y, al volverse vio a Coconnas que asomaba la
cabeza por la puerta de la cocina. Los ojos quietos y la boca abierta daban a su cara una expresión de
marcado asombro.
La Mole se acercó a él.
-¡Voto al diablo! -le dijo Coconnas -. ¿Has visto?
-¿Qué?
-A esos dos caballeros.
-Sí, ¿qué pasa?
Juraría que uno de ellos es...
-¿Quién?
-El rey de Navarra, y el otro de la capa encarnada... Jura si quieres, pero no demasiado alto.
-¿También los has reconocido tú?
-Naturalmente.
-¿Qué vendrán a hacer aquí?
-Se tratará de algún asunto de amoríos.
-¿Tú crees?
-Estoy seguro.
-La Mole, prefiero las estocadas a sem ejantes amo ríos. Hace un momento hubiese jurado, ahora apostaría mi cabeza.
-¿A qué?
-A que se trata de alguna conspiración.
-¡Oh! Estás loco.
-Lo que lo digo es que...
-¿Sabes lo que lo digo yo? Que si conspiran, allá ellos.
-Eso sí. En realidad -dijo Co connas-, yo ya no estoy al servicio del duque de Alençon, así es que por mí... que se las arreglen como puedan.
Como quiera que las perdices estaban doradas en el punto en que a Coconnas le gustaban, el piamontés llamó a maese La Huriéere para que las retirara del fuego.


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