La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.362
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Fue a su cuarto, encendió una vela, volvió al corredor, abrió la puerta que daba a una escalera de caracol que parecía hundirse en las entrañas de la tierra y, presa de una curiosidad insaciable, que era mayor que su odio, llegó hasta una puerta de hierro que comunicaba con un calabozo.
Allí yacía el pobre Orthon, ensangrentado, deshecho, hundido por una caída desde cien pies de altura, pero aún con vida. Detrás del espeso muro se oía el batir de las aguas del Sena, que por una filtración subterránea llegaban hasta el pie de la escalera.
Catalina entró en aquel calabozo húmedo y nauseabundo que debía de haber sido testigo de muchas caídas semejantes, registró los bolsillos de su víctima, cogió el papel, se cercioró de que era el que buscaba, apartó el cuerpo de Orthon con el pie y oprimió un resorte; el suelo se inclinó y el cuerpo, impulsado por su propio peso, desapareció en el río.
Luego cerró la puerta, subió las escaleras, se encerró en su gabinete y leyó el mensaje, que estaba concebido en los siguientes términos: «Esta noche, a las diez, en la calle de l´Arbre-Sec, posada A la Belle Etoile. Si venís, no respondáis; en caso contrario, decid "no" al portador. Mouy de Saint-Phale.»
Mientras lo leyó, pudo verse una sonrisa en los labios de Catalina, que sólo pensaba en la victoria recién obtenida, olvidando completamente cuál era el precio que había costado.
Después de todo, ¿qué era Orthon? Un corazón fiel, un alma abnegada, un niño bueno, nada más. Aque llas condiciones no podían inclinar, como puede suponerse; ni por un instante, el fiel de la balanza en que se pesan los destinos de los imperios.
Una vez leído el billete, Catalina fue inmediatamente a la alcoba de la señora de Sauve y lo dejó detrás
del espejo. Cuando bajaba encontró al capitán de guardias en el corredor. -Señora -dijo el capitán Nancey-, de acuerdo con las órdenes de Vuestra Majestad, el caballo ya está
dispuesto.
-Mi querido barón -dijo Catalina-, ya es inútil, hablé con el muchacho y es demasiado tonto para darle el empleo que había pensado. Le tomé por un lacayo y todo lo más es un palafrenero; le di algún dinero y se marchó por la puerta falsa.
-Pero ¿y el encargo que debía hacer? -preguntó el capitán.
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