La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.361
Indice General
|
Volver
Página 361 de 497
-¿Yo, señora? Os aseguro que no sé lo que que réis decir.
-El mensaje que lo dio De Mouy hace una hora en el jardín de la Ballesta.
-Vuestra Majestad se equivoca; yo no tengo nin gún mensaje, señora.
-Mientes -dijo Catalina-, dámelo y cumpliré la promesa que lo hice
-¿Cuál, señora
-La de enriquecerte
-No tengo ningún mensaje, señora -repitió el muchacho
Catalina comenzó haciendo rechinar sus dientes para concluir con una sonrisa
--¿Me lo darás si lo doy mil escudos de oro
-No tengo el mensaje, señora
-¡Dos mil escudos
-Imposible, señora; como no lo tengo, difícilmen te os lo puedo dar
-¡Diez mil escudos, Orthon
Orthon, viendo que la cólera subía como una marea desde el corazón a la frente de la reina, pensó que no
tenía más que un medio de salvar a su amo, y era el de tragarse el papel. Se llevó la mano al bolsillo; pero Catalina, adivinando su intención, le sujetó el brazo.
-¡Vamos, niño -dijo riendo -, ya veo que eres fiel! Cuando los reyes quieren proteger a un servidor no está mal que se aseguren de que posee un corazón in corruptible. Por lo que a ti respecta, ya sé a qué atenerme. Toma, aquí tienes mi bolsa como primera recompensa. Devuelve ese billete a lo amo y dile que a partir de hoy entras a mi servicio. Ve, puedes salir solo por la puer ta que entramos; se abre desde dentro.
Catalina, poniendo la bolsa en las manos del estupefacto muchacho, avanzó unos pasos y apoyó una mano contra la pared. Orthon permanecía inmóvil y vacilante. No podía creer que se hubiera alejado el peligro que sintió cernirse sobre su cabeza. -Vamos, no tiembles de ese modo. ¿No lo he dicho que puedes retirarte y que, si vuelves, lo porvenir está
asegurado? -Gracias, señora-dijo Orthon-, ¿de modo que me concedéis la libertad? -Más aún; lo recompenso. Eres un buen portador de tiernas misivas, un gentil mensajero de amor, pero
olvidas que lo aguarda lo amo. -¡Ah! Es cierto -dijo el joven encaminándose hacia la puerta. Habría andado tres o cuatro pasos cuando el suelo se abrió bajo sus pies. Tropezó, extendió los brazos,
dio un horrible grito y desapareció en las profundidades del Louvre, donde Catalina acababa de enviarle con sólo tocar un resorte. -Bueno -comentó Catalina-, ahora a causa de la obstinación de este joven, voy a tener que bajar ciento cincuenta escalones.
< Anterior
|
Siguiente >
<<<
351
352
353
354
355
356
357
358
359
360
361
362
363
364
365
366
367
368
369
370
371
372
373
374
375
376
377
378
379
380
381
382
383
384
385
386
387
388
389
390
391
392
393
394
395
396
397
398
399
400
>>>
Páginas
1-50
51-100
101-150
151-200
201-250
251-300
301-350
351-400
401-450
451-497
|