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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.361

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-¿Yo, señora? Os aseguro que no sé lo que que réis decir.
-El mensaje que lo dio De Mouy hace una hora en el jardín de la Ballesta.
-Vuestra Majestad se equivoca; yo no tengo nin gún mensaje, señora.
-Mientes -dijo Catalina-, dámelo y cumpliré la promesa que lo hice
-¿Cuál, señora
-La de enriquecerte
-No tengo ningún mensaje, señora -repitió el muchacho
Catalina comenzó haciendo rechinar sus dientes para concluir con una sonrisa
--¿Me lo darás si lo doy mil escudos de oro
-No tengo el mensaje, señora
-¡Dos mil escudos
-Imposible, señora; como no lo tengo, difícilmen te os lo puedo dar
-¡Diez mil escudos, Orthon
Orthon, viendo que la cólera subía como una marea desde el corazón a la frente de la reina, pensó que no
tenía más que un medio de salvar a su amo, y era el de tragarse el papel. Se llevó la mano al bolsillo; pero Catalina, adivinando su intención, le sujetó el brazo.
-¡Vamos, niño -dijo riendo -, ya veo que eres fiel! Cuando los reyes quieren proteger a un servidor no está mal que se aseguren de que posee un corazón in corruptible. Por lo que a ti respecta, ya sé a qué atenerme. Toma, aquí tienes mi bolsa como primera recompensa. Devuelve ese billete a lo amo y dile que a partir de hoy entras a mi servicio. Ve, puedes salir solo por la puer ta que entramos; se abre desde dentro.
Catalina, poniendo la bolsa en las manos del estupefacto muchacho, avanzó unos pasos y apoyó una mano contra la pared. Orthon permanecía inmóvil y vacilante. No podía creer que se hubiera alejado el peligro que sintió cer­nirse sobre su cabeza. -Vamos, no tiembles de ese modo. ¿No lo he dicho que puedes retirarte y que, si vuelves, lo porvenir está
asegurado? -Gracias, señora-dijo Orthon-, ¿de modo que me concedéis la libertad? -Más aún; lo recompenso. Eres un buen portador de tiernas misivas, un gentil mensajero de amor, pero
olvidas que lo aguarda lo amo. -¡Ah! Es cierto -dijo el joven encaminándose hacia la puerta. Habría andado tres o cuatro pasos cuando el suelo se abrió bajo sus pies. Tropezó, extendió los brazos,
dio un horrible grito y desapareció en las profundidades del Louvre, donde Catalina acababa de enviarle con sólo tocar un resorte. -Bueno -comentó Catalina-, ahora a causa de la obstinación de este joven, voy a tener que bajar ciento cincuenta escalones.


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