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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.360

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Página 360 de 497


-Te hice llamar por lo cara bonita. Habiéndote hecho una promesa, la de ocuparme de lo porvenir, quiero cumplirla sin tardanza. Nos acusan, a nosotras las reinas, de olvidadizas. No es nuestro corazón el que olvida, sino nuestra mente embargada por las preocupaciones del Gobierno. Recordé que los reyes tienen en sus manos la fortuna de los hombres y lo hice llamar. Ven, hijo mío, sígueme.
El señor dé Nancey, que tomaba en serio la escena, observó con gran asombro aquel gesto de ternura de Catalina.
-¿Sabes montar a caballo, pequeño? -preguntó la reina.
-Sí, señora.
-En ese caso, ven a mi gabinete, voy a darte un mensaje que llevarás a Saint-Germain.
-Estoy a las órdenes de Vuestra Majestad.
-Hacedle preparar un caballo, Nancey.
El capitán se alejó.
-Vamos, niño -dijo Catalina.
Y salió tras él.
La reina madre bajó un piso, penetró en el corredor donde estaban situados los departamentos del rey y del duque de Alençon, bajó otro piso por la escalera de caracol, abrió una puerta que comunicaba con una ga lería circular, cuya llave sólo poseían ella y el rey, hizo entrar a Orthon, entró tras él y volvió a cerrar la puerta. Aquella galería rodeaba y defendía parte .de las habitaciones del rey y de la reina madre. Era algo así como la galería del castillo San Ángel, en Roma, o la del palacio Pitti, en Florencia; un refugio en caso de peligro.
Al cerrarse la puerta, Catalina quedó encerrada con el joven en aquel oscuro corredor. Avanzaron unos vein te pasos, la reina delante y Orthon tras ella.
De pronto, Catalina volvió la cabeza y Orthon vio en su semblante la misma expresión siniestra que viera diez minutos antes. De sus ojos redondos como los de un gato o los de una pantera parecían salir llamas en la oscuridad.
-¡Detente! -ordenó.
Orthon sintió que un escalofrío le corría por la espalda; un frío mortal semejante a una capa de hielo caía de la bóveda ; el suelo estaba helado como la losa de un sepulcro. Las miradas de Catalina parecían penetrar a través del pecho del joven criado, que retrocedió apoyándose tembloroso contra la pared.
-¿Dónde está el mensaje que debías entregar al rey de Navarra?
-¿El mensaje? -balbuceó Orthon.
-Sí, el que en su ausencia debías esconder detrás del espejo.


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