La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.359
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Necesito hablar con él inmediatamente.
El capitán salió corriendo a toda prisa.
Como había previsto, Orthon apenas si había pasado de la mitad de la escalera, pues bajaba lentamente
con la esperanza de hallar en el pasillo al rey de Navarra o a la señora de Sauve.
Oyó que le llamaban y se estremeció.
Su primer impulso fue huir, pero, reflexionando con mayor prudencia de la que correspondía a su edad, pensó que si huía estaba todo perdido.
Entonces se detuvo.
-¿Quién me llama?
-Yo, el señor de Nancey -respondió el capitán, precipitándose escaleras abajo.
-Me intriga la llamada -dijo Orthon.
-Es de parte de Su Majestad la reina madre-replicó el señor de Nancey al darle alcance.
El muchacho se limpió el sudor que corría por su frente y subió.
Le seguía el capitán.
La primera idea que tuvo Catalina fue la de mandarle detener, ha cerle registrar y apoderarse del billete de que era portador. por consiguiente, creyó lo mejor acusarle de robo, y con este propósito ya había sacado del tocador un broche de diamantes cuya sustracción pretendía hacer recaer sobre él. No tardó en caer en la cuenta de que aquél era un medio peligroso, pues podía despertar las sospechas del joven, quien avisaría a su amo para ponerle en guardia.
Podía, sin duda, encerrar al mozo en alguna mazmorra, pero, por muy -secretamente que se llevara a cabo la detenci ón, la noticia correría por el Louvre y Enrique, al enterarse, comprendería el peligro que le amenazaba.
Catalina quería, sin embargo, apoderarse del mensaje en cuestión, puesto que un mensaje del señor De Mouy al rey de Navarra recomendado con tanto cuidado debía encerrar la clave de alguna conspiración.
Es el caso que volvió a poner el broche donde lo había cogido.
«No, no -se dijo -, es una mala idea. Por un billete... que tal vez no vale la pena-continuó frunciendo el ceño -. ¡Bah! pero no es culpa mía, sino suya. ¿Por qué el muy bribón no puso el mensaje donde debía? ¡Vaya! Yo quiero ver ese mensaje.»
En aquel momento entró Orthon.
Sin duda, el rostro de Catalina tenía una expresión terrorífica, pues el joven se detuvo en el umbral palideciendo. Era todavía demasiado niño para tener un completo dominio sobre sí.
-Señora -dijo-, ¿me habéis hecho el honor de mandarme llamar? ¿En qué puedo servir a Vuestra Majestad?
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