La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.358
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Era la mism a señal que él daba cuando estaba de guardia y su señor con la señora de Sauve, para advertirle en caso de peligro.
Aquellos tres golpes le-hicieron estremecerse. Una misteriosa asociación de ideas vino a esclarecer su mente y comprendió que esta vez el aviso era para él. Corrió, pues, al espejo y retiró el billete que había dejado.
Catalina miraba por una rendija todos los movimientos del muchacho; le vio ir hacia el espejo, aunque no pudo distinguir si era para dejar el mensaje o para retirarlo.
-¿Por qué tardará tanto en irse? -murmuró im paciente la florentina.
Con el semblante risueño volvió a entrar en la alcoba.
-¿Aún estás aquí, chiquillo? ¿Qué esperas? ¿No lo dije que corría por mi cuenta el arreglar lo asunto? ¿Acaso dudas cuando yo lo digo una cosa?
-¡Dios me libre, señora! -respondió Orthon.
Y acercándose a la reina puso una rodilla en tierra, besó el borde de su vestido y salió rápidamente.
Al salir, vio en la antecámara al capitán de guardias, que esperaba a Catalina. Su presencia no sirvió para disipar sus sospechas, sino más bien para duplicarlas.
Catalina, en cuanto vio cerrarse la puerta detrás de Orthon, se lanzó hacia el espejo, pero fue inútil que rebuscara con mano trémula; no halló ningún papel.
No obstante, estaba segura de haber visto al muchacho acercarse al espejo. Sin duda no para colocar el billete codiciado, sino para llevárselo. La fatalidad daba iguales fuerzas a sus adversarios.
Un niño se convertía en un hombre desde el momento en que luchaba contra ella.
Registró, miró, sondeó: ¡nada!...
-¡Ah, desdichado! -exclamó-. No le deseaba ningún mal, pero he aquí que, al retirar el billete, se adelanta a su destino. ¡Hola, señor de Nancey!
La voz aguda de la reina madre atravesó la sala y llegó hasta la antecámara, donde estaba, como hemos dicho, el capitán de guardias.
El señor de Nancey acudió al llamamiento.
-Heme aquí, ¿qué desea Vuestra Majestad?
-¿Estabais en la antecámara?
-Sí, señora.
-¿Visteis salir a un joven, casi un niño?
-Hace un instante.
-¿Estará ya muy lejos?
-Apenas en la mitad de la escalera.
-Llamadle.
-¿Cuál es su nombre?
-Orthon. Si se niega a volver, traedlo a la fuerza. Sin embargo, si no opone resistencia no es preciso que le asustéis.
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