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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.357

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a su dueña para dictarle ciertas cartas de interés y se hallaba en los aposentos de la reina desde hacía cinco minutos.
-Está bien -dijo Orthon -; esperaré.
Aprovechándose de la familiaridad con que era tratado, el joven entró hasta el dormitorio de la baronesa y, después de cerciorarse de que estaba solo, colocó el mensaje detrás del espejo.
En el preciso instante en que retiraba la mano entró Catalina.
Orthon se puso pálido, pues le pareció que la mirada rápida y aguda de la reina madre se había dirigido inmediatamente hacia el espejo.
-¿Qué haces aquí, pequeño? -preguntó Catalina-. ¿Buscas acaso a la señora de Sauve?
-Sí, señora; hace mucho tiempo que no la veo y temía pasar por ingrato si retrasaba más esta visita de agradecimiento.
-¿Quieres mucho a la buena Carlota?
-Con toda mi alma, señora.
-Y eres fiel, según dicen.
-Vuestra Majestad comprenderá que es muy natural que así sea cuando sepa que la señora de Sauve me prodigó cuidados que no merecía, dado que soy un simple sirviente.
-¿Y en qué ocasión lo prodigó tales cuidados? -preguntó Catalina fingiendo ignorar lo que le había pasado.
-Cuando fui herido, señora.
-¡Ah! ¡Pobre criatura! ¿Cuándo lo hirieron?
-La noche del arresto del rey de Navarra. Me asusté tanto al ver a los soldados, que grité y pedí auxilio; uno de ellos me dio un golpe en la cabeza y me dejó desmayado.
-¡Pobre hombre! ¿Y estás ya bueno?
-Sí, señora.
-¿De manera que andas buscando al rey de Navarra para volver a su servicio?
-No, señora. Al saber el rey de Navarra que yo había osado resistir a las órdenes de Vuestra Majestad me despidió sin más contemplaciones.
-¿De veras? -dijo Catalina con sumo interés-. No lo importe, yo misma me encargaré de este asunto. Si esperas a la señora de Sauve perderás inútilmente el tiempo, pues está ocupada arriba en mi gabinete.
Catalina, pensando que quizás Orthon no había tenido tiempo de ocultar el mensaje detrás del espejo, entró en el gabinete de la señora de Sauve para dejar en entera libertad al joven.
En aquel momento, y cuando Orthon, por la inesperada presencia de la reina madre, se preguntaba si tal visita no tendría por objeto tramar algo que redundase en perjuicio de su amo, oyó dar tres golpecitos en el techo.


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