La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.349
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amigo el señor de La Mole, que es un cumplido caballero, mien tras que vos se ve a la legua que no sois más que un bribón». Al oír esto echó mano a la espada y yo le imité. Al tercer pase el mal educado cayó salpicándome.
-¿Y le socorristeis por lo menos?
-Iba a hacerlo cuando pasó un jinete y esta vez os aseguro que sí era La Mole. Desgraciadamente, el caballo corría al galope. Eché a correr tras él y las gentes que se habían reunido para verme batir salieron corriendo detrás de mí. Luego, como hubiesen podido tomarme por un ladrón al verme seguido de toda aquella chusma que vociferaba a mis espaldas, me vi obligado a dar media vuelta para ponerla en fuga, lo que me hizo perder algún tiempo. Entre tanto, el jinete desapareció. Continué en su búsqueda, interrogué, di el color de su caballo, pero todo fue inútil, nadie le había visto. En fin, cansado de aquello, me vine aquí.
-¡Cansado de aquello! ¡Qué amable! -dijo la duquesa.
-Escuchad, querida amiga-dijo Coconnas inclinándose indolentemente en un sillón-, sé que vais a regañarme aún a causa del pobre La Mole, pero os advierto que estáis equivocada; la amistad... ¡Oh! ¡Ya quisiera yo tener su ingenio o su sabiduría para hallar alguna comparación que o s hiciera comprender mi pensamiento!... La amistad es una estrella, mientras que el amor..., el amor..., pues bien, ¡ya está aquí la comparación!: el amor no es más que una lamparilla. Me diréis que hay varias clases.
-¿De amores?
-No, de lamparillas, y que dentro de esa clasificación hay algunas preferibles; la rosada, por ejemplo, es la mejor, pero por rosada que sea la lamparilla, se consume, mientras que la estrella brilla siempre. Me responderéis que cuando la lamparilla se gasta se puede utilizar otra.
-Señor Coconnas, sois un fatuo
-¡Ay
-Señor Coconnas, sois un impertinente
-¡Ay! ¡Ay
-Señor Coconnas, sois un majadero
-Señora, os advierto que vais a hacerme sentir tres veces más la ausencia de La Mole
-¡Ya no me amáis
-Al contrario, duquesa, estáis equivocada; os ido latro. Pero puedo amaros, adoraros, idolatraros, y en mis
ratos perdidos hacer el elogio de La Mole. -¿Llamáis entonces ratos perdidos a los que estáis junto a mí? -¿Qué queréis? El pobre La Mole está siempre presente en mi memoria. -Le preferís a mí, esto es indigno.
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