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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.332

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Página 332 de 497



Alençon acababa de recibir una carta y se encerró en su cuarto para leerla con entera libertad.
En cuanto a Coconnas, digamos que buscaba a su amigo por todos los rincones del Louvre. No le sor­prendió nada que La Mole no apareciera en toda la noche, pero al llegar la mañana comenzó a sentirse in ­quieto; en consecuencia, comenzó la búsqueda de su amigo por la posada A la Belle Etoile. De allí se enca­minó a la calle de Cloche-Percée, luego a la de Tizon, para salir al puente de Saint -Michel y acabar por últi­mo en el Louvre.
Esta investigación para conocer el paradero de La Mole fue llevada a cabo de un modo tan nuevo y exigente, cosa nada difícil de suponer dado el carácter ex céntrico de Coconnas, que dio lugar a un incidente con tres caballeros de la corte, incidente que terminó según la moda de la época, es decir, en el terreno del honor. Coconnas puso en los sucesivos encuentros la conciencia que solía poner en aquella clase de asuntos, de modo que mató al primer contrincante y dejó heridos a los otros dos, diciendo:
-¡Con el latín que sabía el pobre La Mole!
Hasta tal punto insistió, que el último en caer, el barón de Boissey, le dijo:
-¡Por el amor de Dios, Coconnas, cambia por lo menos de estribillo y di que sabía griego!
La aventura del corredor había trascendido y, al conocerla, Coconnas se afligió en extremo, pues creyó por un instante que todos aquellos reyes y príncipes habían matado a su amigo escondiéndolo luego en al­guna cueva.
Se enteró de que Alençon había sido de la partida y, sin considerar la altura de su rango, fue a su encuen ­tro y le pidió una explicación, tal y como hubiera hecho con un simple gentilhombre.
Alençon sintió deseos en un principio de echar al impertinente que iba a pedirle cuenta de sus actos, pero Coconnas hablaba tan de prisa, lanzaban tales destellos sus ojos y la aventura de los tres duelos celebrados en menos de veinticuatro horas habían colocado tan alto el prestigio del piamontés, que, en lugar de ceder a su primer impulso, reflexionó y respondió al caballero con encantadora sonrisa:
-Mi querido Coconnas, es cierto que el rey, furioso de que le cayera una palangana de plata sobre un hombro; el duque de Anjou, disgustado por el remo jón de compota de naranjas; y el duque de Guisa, hu­millado por la ofensa que supone recibir sin previo aviso un cuarto de jabalí en la cabeza, intentaron matar al señor de La Mole; pero un amigo de vuestro amigo desvió el golpe.


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