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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.317

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En efecto, Catalina prefería sobre todos a este hijo, sea por su valor o por su belleza, sea porque, además de la madre, existía en ella la mujer, sea, en fin, porque, según ciertos rumores escandalosos, Enrique de Anjou recordaba a la florentina una época feliz de misteriosos amores.
Ella únicamente conocía el regreso del duque de Anjou a París, regreso que Carlos IX hubiese ignorado si el azar no le hubiera conducido hasta la puerta del palacio de Condé en el preciso momento en que su hermano salía. Carlos no le esperaba hasta el día si guiente y Enrique de Anjou esperaba ocultarle los dos motivos que adelantaron su llegada, que no eran otros que su visita a la hermosa María de Cleves, princesa de Condé, y su conferencia con los embajadores polacos.
Precisamente sobre esta última entrevista, cuyo objeto ignoraba Carlos, quería hablar con su madre el duque de Anjou. Y el lector, que seguramente está tan equivocado sobre sus motivos como Enrique de Na­varra, aprovechará la explicación.
Cuando el duque de Anjou, tanto tiempo esperado, entró en la habitación de su madre, Catalina, tan fría a impasible habitualmente, que desde la partida de su hijo amado no había abrazado efusivamente más que a Coligny, quien debía ser asesinado al día siguiente, abrió los brazos al hijo de su amor y le oprimió contra su pecho con un impulso de ternura maternal increíble en aquel corazón de piedra.
Se alejaba de él unos pocos pasos, le contemplaba y volvía a abrazarle.
-¡Ah, señora! -dijo el recién llegado -. Puesto que el Cielo me otorga la satisfacción de abrazaros sin testigos, consolad, madre mía, al hombre más desdichado del mundo.
-¡Dios mío, hijo de mi alma! -exclamó Catalina-. ¿Qué os ha sucedido?
-Nada que no sepáis. Estoy enamorado y soy correspondido, pero este mismo amor es el culpable de mi desgracia.
-Explicadme eso, hijo -dijo Catalina.
-Pues bien... Esos embajadores, ese viaje...
-Sí -dijo Catalina-, los embajadores han llegado y el viaje apremia.
-No apremia, madre mía, pero mi hermano hará que así sea. Me detesta; yo le hago sombra y quiere verse libre de mí.
Sonrió Catalina.
-¡Dándoos un trono, pobre y desdichado soberano!
-No importa -replicó Enrique con angustia-, no quiero irme. Yo, un príncipe de Francis, educado en el refinamiento de las costumbres de la corte, junto a la madre más cariñosa, y amado por una de las mujeres más encantadoras de la tierra, ¿voy a irme allí, entre las nieves, al otro extremo del mundo, a morir lentamente entre aquella gente grosera que se pass el día embriagada y juzga la capacidad de su rey como la de un tonel, por lo que contiene? ¡No, madre, no quiero irme, me moriría!


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