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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.301

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-Señora -contestó Enrique -, en circunstancias en que muy pocos se atreven a responder de sí mismos, no responderé yo de los demás. Abandoné mi habitación a las siete de la noche, a las diez mi hermano Carlos hizo que le acompañara y estuve con él toda la noche. No podía a la vez estar con Su Majestad y saber lo que ocurría en mi cuarto.
-Pero -dijo Catalina-, por eso no es menos cierto que uno de vuestros servidores mató a dos guardias de Su Majestad a hirió al señor de Maurevel.
-¿Uno de mis servidores? ¿Quién era, señora? Nombradle.
-Todo el mundo acusa al señor de La Mole.
-El señor de La Mole no está a mi servicio, seño ra, sino al servicio del duque de Alençon, a quien, por cierto, fue recomendado por vuestra hija.
-En una palabra -dijo Carlos-, ¿era el señor de La Mole el que estaba en lo alcoba, Enriquito?
-¿Cómo queréis que lo sepa, señor? No puedo decir ni que sí ni que no. El señor de La Mole es un buen servidor, muy devoto de la reina de Navarra y que me trae a menudo mensajes, ya sea de Margarita, a quien está muy agradecido por haberle recomendado al señor de Alençon, ya del mismo duque. No puedo afirmar que sea el señor de La Mole.
-Era él -dijo Catalina -, han visto su capa encarnada.
-¿El señor de La Mole tiene una capa encarnada?
-Sí.
-Y el hombre que tan bien ha despachado a dos de mis guardias y al señor de Maurevel... -añadió Carlos.
-¿Tenía una capa encarnada? -preguntó Enrique.
-Precisamente -dijo Carlos.
-No tengo nada que decir -replicó el bearnés -; pero me parece que en tal caso no es a mí a quien de bíais haber llamado, sino al señor de La Mole, que era quien estaba en mi cuarto. Solam ente -añadió Enrique­quiero hacer a Vuestra Majestad una observación.
-¿Cuál?
-Si hubiese sido yo el que, viendo una orden firmada por mi rey, me hubiera resistido en lugar de obe ­decerla, sería culpable y merecería toda suerte de castigos, pero no soy yo; es un desconocido a quien esta orden no se refería para nada; han querido detenerle injustamente, se ha defendido, demasiado bien por cierto, pero no olvidéis que estaba en su derecho.


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