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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.294

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Y desapareció por la escalera como esos fantasmas de teatro que desaparecen por una trampa. -¡Por Dios! -murmuró el bearnés-. Continúa el enigma, pero ya que la solución está en mi cuarto, va­
yamos allá y nos enteraremos.
Enrique continuó su camino, no sin cierta emoción. Tenía sensibilidad y desde joven era supersticio so. Todo se reflejaba claramente en aquel alma de su perficie lisa como un espejo, y cuanto acababa de oír presagiaba una desgr acia.
Al llegar a la puerta de su departamento, escuchó. No se oía ningún ruido. Por lo demás, no había nada que temer, puesto que Carlota fue quien le había aconsejado que se dirigiera a su alcoba. Lanzó una rápida ojeada por la antecámara; estaba vacía, pero nada podía indicarle aún qué era lo que había sucedido.
-«Efectivamente -se dijo -, no está Orthon.
Y pasó a la otra pieza
Allí se lo explicó todo
A pesar de los cubos de agua que habían echado, inmensas manchas rojizas cubrían el suelo; un muebl

estaba roto, las cortinas del lecho rasgadas a punta de espada, un espejo de Venecia hecho añicos por una bala y la huella de una mano sangrienta podía verse sobre la pared. Todo ello revelaba que aquella silenciosa alcoba había sido testigo de una luch a a muerte.
Enrique contempló con iracundos ojos los diferentes detalles, se pasó la mano por la frente húmeda de sudor y murmuró: -¡Ah! Ahora comprendo el favor que me ha hecho el rey; han venido a asesinarme... Pero... ¿Y De Mouy? ¿Qué habrán hecho de De Mouy? ¡Ah, miserables! ¿Le habrán matado?
Tan ansioso estaba de saber lo ocurrido como el duque de Alençon de explicárselo. Enrique, después de echar una última mirada por la habitación, salió, llegó al corredor, se aseguró de que estaba desierto y, empujando la puerta entornada que cerró con cuida do tras de sí, se precipitó en el cuarto del duque de Alençon.
El duque le esperaba en la antecámara. Cogió rápidamente la mano de Enrique y, llevándose un dedo a los labios, le condujo hasta un gabinete en forma de to rreón, completamente aislado y libre. por lo tanto de toda tentativa de espionaje.
-¡Ah, hermano mío! -le dijo -. ¡Qué espantosa noche
-¿Qué es lo que ha sucedido? -le preguntó Enrique
-Quisieron arrestaros
-¿A mí
-Sí, a vos
-¿Y con qué motivo?


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