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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.265

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Cuando creyó que no eran más que las siete, dieron las nueve. Contó las campanadas del reloj y al oír la última se levantó.
-¡Que me lleven los demonios! -dijo-. Tengo el tiempo justo.
Y, cogiendo su capa y su sombrero, salió por una puerta secreta que había hecho abrir en el zócalo y cuya existencia era ignorada hasta por la misma Catalina.
Carlos se encaminó directamente hacia la habitación de Enrique. El bearnés no había vuelto a su cuarto, al dejar al duque de Alençon, nada más que para cambiarse de traje, y ya no estaba.
-«Habrá ido a cenar con Margarita -se dijo el rey-; me parece que hoy estaban en muy buena armo nía.»
Y se dirigió a las habitaciones de su hermana.
Margarita había invitado a la duquesa de Nevers, a Coconnas y a La Mole a tomar unos dulces.
Carlos llamó a la puerta; Guillonne fue a abrir, pero, al ver al rey, quedóse tan asombrada, que apenas tuvo fuerzas para hacer una reverencia, y en lugar de correr hacia su ama para anunciarle la augusta visita, dejó pasar a Carlos sin dar otra señal que un grito.
El rey atravesó la antecámara y, guiado por las carcajadas, avanzó hasta el comedor.
«Pobre Enriquito -pensó -, se divierte sin sospechar el peligro que le amenaza.»
-Soy yo -dijo, levantando el tapiz y mostrando un semblante risueño.
Margarita dio un grito terrible; por amable que pareciera, aquel rostro había producido en ella el efect o de la cabeza de Medusa. Sentada frente a la puerta, aca baba de reconocer a Carlos. Los dos hombres daban la espalda al rey.
-¡Majestad! -exclamó con terror. Y se levantó.
Coconnas fue el único que no sintió vacilar su cabeza sobre sus hombros; se levan tó como los demás, pero con tal hábil torpeza, que al hacerlo derribó la mesa y con ella vasos, vajilla y candelabros.
Por un instante se hizo una completa oscuridad y hubo un silencio de muerte.
-¡Salgamos por pies! -dijo Coconnas a La Mole-. ¡Pronto! ¡P ronto!
La Mole no se lo hizo repetir dos veces; se acercó a la pared y, orientándose con las manos, buscó a tientas el dormitorio para ocultarse en el gabinete que conocía tan bien.
Pero al poner el pie en la alcoba tropezó con un hombre que acababa de entrar por el pasadizo secreto.


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