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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.251

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Llevando la comparación más lejos, podría decirse que el cubo de la rueda constituía la única encrucijada, situada en el centro del bosque. Allí se reunían los cazadores extraviados para comenzar de nuevo la búsqueda de la presa.
Al cabo de un cuarto de hora sucedió lo que siempre sucedía en tales casos: insuperables obstáculos se opusieron al paso de los cazadores, los ladridos de los perros se perdían a lo lejos y el rey volvió al punto de partida, jurando y maldiciendo como de costumbre.
-¡Eh! ¡Alençon! ¡Enriquito! -dijo -. ¿Qué es esto? ¡Por Dios! Estáis tranquilos como si fuerais monjas que siguieran a su abadesa. Esto no se llama cazar. Vos, Alençon, parece que acabáis de salir de una caja, estáis tan perfumado que si pasáis entre el jabalí y mis perros sois capaz de hacerles perder el rastro. Y vos, Enriquito, ¿dónde está vuestro venablo y vuestro arcabuz?
-Señor -dijo Enrique -, ¿para qué el arcabuz? Sé que a Vuestra Majestad le agrada tirar al animal cuando resiste a los perros. En cuanto al venablo, es un arma que manejo con mucha torpeza, pues no se usa en nuestras montañas, donde cazamos osos con un simple puñal.
-¡Pardiez! Enrique, cuando volváis a vuestros Pirineos, quiero que me enviéis una partida de osos, porque debe de ser una hermosa caza la que se hace cuerpo a cuerpo con un animal que puede ahogarnos. Escu­chad, creo que oigo el ladrido de los perros. No, me equivoco.
El rey cogió su cuerno y tocó. Otros toques le respondieron. De pronto apareció un montero tocando un aire distinto.
-¡El rastro, el rastro! -gritó el rey.
Y salió al galope, seguido por todos los cazadores que se le habían reunido.
El montero no se había engañado. A medida que el rey avanzaba, se oían más claramente los ladridos de la jauría, compuesta ya por más de sesenta perros, pues los iban soltando sucesivamente a medida que el jabalí pasaba por los distintos sitios donde estaban colocados los relevos. El rey volvió a verlo y se metió tras él en el bosque, tocando el cuerno con todas sus fuerzas.
Los príncipes le siguieron durante algún tiempo. Pero el rey montaba un caballo tan vigoroso y era tan to su ímpetu que, en la imposibilidad de seguirle por los caminos escarpados y por los espesos matorrales que elegía, primero las damas, luego el duque de Guisa y sus caballeros y después los dos príncipes, se vieron obligados a dejarle solo.


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