La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.148
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-¡Oh! -respondió Margarita sonriendo -. Aunque estuviese, no correríamos riesgo alguno. Mi hugo note es un buen mozo, pero nada más; una paloma y no un milano; arrulla, pero no muerde. Después de todo -añadió con inexplicable acento y encogiéndose lige ramente de hombros-, tal vez le hemos tomado por un hugonote y sólo sea un adepto de Brahma, cuya religión le impide derramar sangre.
-¿Dónde está el duque de Alençon? -pregun tó Enriqueta-. No le veo.
-Llegará más tarde, se sintió mal esta mañana y no quería venir; pero como ya se sabe que para llevar la contraria a su hermano Carlos y a su hermano Enrique se inclina hacia los hugonotes, se le hizo notar que el rey podría interpretar mal su ausencia y por fin se ha decidido. Pero justamente miran y gritan hacia allá; debe de haber entrado por la puerta de Montmartre.
-En efecto, él es -dijo Enriqueta-. Hoy tiene buen aspecto. Desde hace algún tiempo se acicala con especial esmero; sin duda está enamorado. Ahí tenéis la ventaja de ser un príncipe de sangre real: atropella a todo el mundo y la gente se aparta sin protestar.
-Así es -dijo Margarita -, y nosotras también estamos amenazadas por su caballo. ¡Dios nos perdone! Haced retirar a vuestros gentiles hombres, duquesa; allí anda uno que, si no se pone en fila, se expone a morir.
-¡Es mi intrépido campeón! -exclamó la du quesa-. Mira, mira...
Coconnas se había destacado de su grupo para acercarse a la señora de Nevers; pero en el momento en que su caballo atravesaba el bulevar exterior que separa la calle del arrabal de Saint-Denis, un jinete del séquito del duque de Alençon, tratando inútilmente de contener el galope desenfrenado de su caballo, fue a chocar contra Coconnas. El piamontés vaciló en su colosal montura, estuvo a punto de perder el sombrero, pero logrando sostenerlo volvió la cabeza furioso.
-¡Dios mío! -exclamó Margarita acercándose al oído de su amiga -. ¡Es el señor de La Mole!
-¿Ese hermoso joven tan pálido? -exclamó la duquesa, incapaz de dominar su primera impresión.
-Sí, sí; el mismo que ha estado a punto de derribar a lo piamontés.
-¡Oh! ¡Van a pasar cosas terribles! ¡Se han mirado y se han reconocido!
Efectivamente, Coconnas reconoció el rostro de La Mole al volverse, y como creía haber matado a su antiguo compañero o, por lo menos, haberlo dejado fuera de combate por algún tiempo, fue tal su sorpresa, que soltó las riendas de su caballo.
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