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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.141

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Los espectadores tendrán oportunidad de hacer curiosas observaciones. Veremos quién viene y quién se queda.
-Tenéis razón, madre, lo dejaremos para mañana. Invitad, pues, por vuestra parte y yo haré lo mismo por la mía, o mejor dicho, no invitemos a nadie. Digamos solamente dónde nos proponemos ir, así cada uno hará lo que prefiera. Adiós, madre mía, voy a tocar el cuerno de caza.
-Abusáis de vuestras fuerzas, Carlos. Ambrosio Paré os lo repite sin cesar y tiene razón: es un ejercicio demasiado fuerte para vos.
-¡Bah! ¡Bah! ¡Bah! -dijo Carlos-. Quisiera estar seguro de que no moriré de otra cosa. Enterraré a todos los de mi familia, incluso a Enrique, que deberá sucedernos algún día, según pretende Nostradamus.
Catalina frunció el ceño.
-Hijo mío-dijo-, desconfiad sobre todo de las cosas que os parecen más imposibles y, entre tanto, cuidaos.
-Tocaré solamente dos o tres aires de caza para entretener a mis perros, que se mueren de fastidio los pobres. Debí soltarlos contra los hugonotes. Acaso se hubieran divertido.
Y Carlos IX salió de la habitación -de su madre, entró en su sala de armas, descolgó un cuerno de caza y se puso a soplar con un vigor que hubiera honrado al propio Rolando. Resultaba imposible comprender có­mo de aquel cuerpo débil y enfermizo y de aquellos labios pálidos pudiese salir un soplido tan potente.
Catalina aguardaba en efecto a alguien, tal como se lo había dicho a su hijo. Un momento después de salir el rey, entró una de sus damas de honor y le habló en voz baja. La reina sonrió, se puso de pie, saludó a los cortesanos que la acompañaban y siguió a la mensajera.
El florentino Renato, el mismo a quien el rey de Navarra hiciera una acogida tan diplomática la noche de san Bartolomé, la aguardaba en el oratorio.
-¿Sois vos, Renato?-le dijo Catalina-. Os esperaba con impaciencia.
Renato hizo una reverencia.
-¿Recibisteis el mensaje que os escribí ayer?
-Tuve ese honor, señora.
-¿Habéis repetido, como os ordené, la prueba del horóscopo sacado por Ruggieri y que concuerda tan bien con la pro fecía de Nostradamus, según la cual reinarán mis tres hijos...? Las cosas se han modificado en estos últimos días, Renato, y pensé que era probable que el destino se mostrara menos amenazador.
-Señora -respondió Renato meneando la cabe za-, Vuestra Majestad no ignora que las cosas no modifican el destino, sino que, por el contrario, es éste el que gobierna las cosas.


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