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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.120

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llegar hasta la plaza del Louvre; una vez allí, sucederá lo que Dios quiera. Margarita apoyó la cabeza en una mano y reflexio nó profundamente. -¿Y el rey de Navarra? -preguntó con inten ción -. Ya no me habláis de él. ¿Es que habéis perdido el deseo
de entrar a su servicio al cambiar de religión?
-Señora -respondió La Mole, poniéndose pálido -, acabáis de mencionar la verdadera causa de mi marcha. Sé que el rey de Navarra corre los mayores peligros y que todo el prestigio de Vuestra Majestad, como princesa de Francia, apenas bastará para salvar su cabeza.
-¿Cómo? -preguntó Margarita-. ¿Qué queréis decir y de qué peligros me habláis
-Señora -dijo La Mole-, desde este gabinete donde estoy se oye todo
-Es cierto -murmuró Margarita para sí -, ya me lo dijo el señor de Guisa

Y en voz alta agregó:
-¿Qué habéis oído?
-En primer lugar la conversación que tuvo Vuestra Majestad con su hermano.
-¿Con Francisco? -preguntó Margarita ruborizándose.
-Sí, con el duque de Alençon, señora; y luego, después que vos salisteis, la de la señorita Guillonne con la señora de Sauve.
-¿Y son esas dos conversaciones las que...?
-Sí, señora. Hace apenas ocho días que os habéis casado. Amáis a vuestro esposo. Él vendrá, como vi­nieron el duque de Alençon y la señora de Sauve. Os revelarán sus secretos. Y yo no debo oírlos, sería por­tarme como un indiscreto... Y yo no puedo.... no debo, ¡sobre todo, no quiero serlo!
Por el tono en que pronunció La Mole estas últimas palabras, por el temblor de su voz y la turbación que mostraba su rostro, Margarita comprendió súbitamente lo que le ocurría.
-¡Ah! -dijo -. ¿Habéis oído desde este gabinete lo que se ha dicho en la alcoba hasta este momento?
-Sí, señora.
Estas palabras salieron de sus labios como un suspiro.
-¿Y queréis marcharos hoy mismo para no escuchar más?
-En este preciso instante, si Vuestra Majestad me lo permite. .
-¡Pobre criatura! -dijo Margarita con un singular acento de piedad.
Asombrado al oír una respuesta tan dulce, cuando esperaba una brusca contest ación, La Mole alzó tí­midamente la cabeza. Su mirada se encontró con la de Margarita, y el joven se sintió atraído, como por una fuerza magnética, por la profunda mirada de la reina.


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