La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.103
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A la terrible noche había sucedido un día de matanza más espantoso aún. Las campanas ya no tocaban a rebato. Los gloriosos acentos de los Te Deum, en medio del crimen y de los incendios, resonaba n más tristes a la luz del sol que los toques a muertos en la oscuridad de la noche anterior. Pero había algo más. Había sucedido una cosa extraña: un espino blanco, ya florecido en primavera, y que, como de costumbre, perdiera sus perfumadas galas al ll egar al mes de junio, acababa de florecer durante la noche. Los católicos, que veían en este acontecimiento un milagro, tomando a Dios por cómplice de sus desmanes, iban en procesión, con cruces y banderas, al cementerio de los Inocentes, donde florecía el espino. Esta especie de aprobación dada por el Cielo a la matan za había duplicado el ardor de los asesinos. Y mientras la ciudad seguía ofreciendo en cada una de sus calles y de sus plazas una escena de desolación, el Louvre había
servido ya de fosa común a todos los protestantes que se encontraban dentro en el momento de la señal.
El rey de Navarra, el príncipe de Condé y La Mole eran los únicos supervivientes.
Tranquilizada con respecto a la salud de La Mole, cuyas heridas, como dijera la víspera, eran peligrosas, pero no mortales, Margarita no se preocupó más que de una cosa: salvar la vida de su esposo, que seguía amenazada. Sin duda, el primer sentimiento que la movió fue el de leal compasión por un hombre a quien, como dijera el mismo bearnés, aca baba de jurar si no amor, al menos alianza.
Pero detrás de este sentimiento, otro menos puro había penetrado en el corazón de la reina.
Margarita era ambiciosa. Margarita había visto la posibilidad de reinar en su casamiento con Enrique de Borbón. Navarra, ambicionada por los reyes de Francia de una parte y por los reyes de España de otra, que pedazo a pedazo se habían apoderado de la mitad de su territorio, podía, si Enrique de Borbón no defraudaba las esperanzas que su valor había permitido abrigar en las pocas ocasiones que hubo de usar su espada, convertirse en un reino verdadero con los hugonotes de Francia por sus súbditos. Gracias a su espíritu fino y cultivado, Margarita había entrevisto y calculado todo esto. Al perder a Enrique, no sólo perderí a a un marido, sino también un trono.
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