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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.101

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-¡Oh, Sire! ¿Vais a matarme a mí, a vuestro hermano? Enrique acababa de eludir, con aquella incomparable presencia de ánimo que constituía una de sus más
poderosas facultades, la respuesta que le exigía Car los IX; ya que, sin duda, en el caso de haber sido negati­va, habría muerto.
Así como al paroxismo de la cólera sucede siempre el comienzo de la reacción, Carlos IX no reiteró la pregunta que acababa de formular al príncipe de Navarra y, después de un instante de vacilación, durante el cual dejó oír un sordo rugido, se volvió hacia la ventana abierta y apuntó a un hombre que corría por la ori­lla del río.
-Es preciso que mate a alguien -gritó Carlos IX, lívido como un cadáver y con los ojos inyectados de
sangre. Y apretando el gatillo dejó muerto al hombre que corría. Enrique dejó escapar un gemido. Entonces, animado por una terrible excitación, Carlos cargó y descargó sin descanso su arcabuz,
lanzando exclamaciones de placer cada vez que acertaba a dar a un hombre. «Estoy perdido -pensó el rey de Navarra-. Cuando no encuentre a nadie a quien tirar, me matará a mí.» -¿Ya terminó todo? -preguntó de repente una voz detrás de los príncipes. Era Catalina de Médicis, que acababa de entrar sin ser oída en el mismo momento en que sonaba la
última detonación. -¡No, por mil demonios! -aulló Carlos, arrojando al suelo su arcabuz-. ¡No, el testarudo no quiere!... Catalina no respondió.
Volvió lentamente sus ojos hacia donde se hallaba Enrique, tan inmóvil como las figuras pintadas en el tapiz contra el cual se apoyaba. Después miró a su hijo con una expresión que significaba: «Entonces, ¿por qué vive?»
-Vive..., vive... -murmuró Carlos IX, que comprendía perfectamente aquella mirada y que respondía, como se ve, sin titubear-. Vive..., porque es pariente mío.
Catalina sonrió.
Al ver Enrique aquella sonrisa comprendió que contra quien tenía que combatir era, sobre todo, contra Catalina.
-Señora -le dijo -, vos sois la culpable de todo, ahora lo veo, y no mi cuñado Carlos. Vos habéis con­cebido la idea de tenderme un lazo; vos habéis ideado convertir a vuestra hija en el cebo que nos perdería a todos; vos me habéis separado de mi esposa para que ella no sufriera la afrenta de que me mataran ante sus ojos.
-¡Sí, pero eso no sucede rá! -gritó otra voz jadeante y apasionada y que hizo estremecer de sorpresa a Carlos IX y de furor a Catalina.


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