La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.50
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Tan sólo encima de una especie de dosel que cubría un sillón real, donde en aquel momento dormía la perra favorita de la reina madre, regalo de su yerno Enrique de Navarra y a la que habían puesto el nombre mitológico de Febe, se veía pintado al fresco un arco iris rodeado de esta divisa griega que el rey Francisco I había dedicado a la reina: Phôs pherei a de kai aïth zen, y que puede traducirse así:
Lleva la luz y la serenidad.
De pronto, y cuando más absorta parecía la reina en sus pensamientos, que dibujaban en sus labios pintados con carmín una sonrisa lenta y vacilante, un hombre abrió la puerta, levantó un tapiz y mostró su rostro pálido, al mismo tiempo que decía:
-Todo va mal.
Catalina levantó la cabeza y reconoció al duque de Guisa.
-¿Cómo que todo va mal? -respondió -. ¿Qué queréis decir, Enrique?
-Que el rey está cada vez más engañado con sus malditos hugonotes y que, si esperamos su consentimiento para ejecutar la gran empresa, tendremos para largo o para nunca.
-¿Qué ha ocurrido? -preguntó Catalina, conservando aquel rostro impasible que le era habitual, aun que tan divinamente sabía, según la ocasión, darle las expresiones más opuestas.
-Ocurre que acabo de hacer a Su Majestad por vigésima vez la pregunta de si habremos de co ntinuar soportando las insolencias que se permiten desde el atentado contra el almirante los señores de la religión reformada.
-¿Y qué os ha respondido, hijo mío?
-Textualmente: «Señor duque, el pueblo debe sospechar que sois vos el autor del asesinato cometido en la persona de mi segundo padre el almirante, defendeos como os plazca. En cuanto a mí, ya sabré defenderme si me insultan...» Y, después de estas palabras, me ha vuelto la espalda para ir a dar de comer a sus perros.
-¿Y no habéis intentado retenerlo?
-Sí, pero me ha contestado con esa voz que ya conocéis y mirándome de ese modo especial que sólo él sabe: «Señor duque, mis perros tienen hambre y no son hombres para que los haga esperar...» En seguida he venido a preveniros.
-Habéis hecho bien -dijo la reina madre.
-Pero ¿qué hacer ahora?
-Intentar un último esfuerzo.
-¿Quién será el que lo intente?
-Yo. ¿El rey está solo?
-No, está con el señor de Tavannes.
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