La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.49
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no tiene. ¿Queréis, por amor a Plutarco, compartir vuestra tortilla conmigo? Hablaremos de la virtud mientras cenamos. -¡Oh, no! -dijo Coconnas-. Eso está bien para cuando uno se halla en el Louvre, temiendo ser escuchado
y con el estómago vacío. Sentaos ahí y cenemos. -Veo que la suerte nos ha hecho inseparables. ¿Dormiréis aquí? -No sé todavía. -Yo tampoco. -En todo caso sé muy bien dónde pasaré la noche. -¿Dónde? -Pues en el mismo sitio donde la paséis vos. ¡No fallará!
Ambos se echaron a reír, haciendo los honores a la tortilla de maese La Hurière.
VI
LA DEUDA PAGADA
Si el lector siente la curiosidad de saber por qué el señor de La Mole no fue recibido por el rey de Navarra y cuál fue la razón por la cual Coconnas no pudo ver al señor de Guisa, y, por último, por qué, en lugar de ce nar los dos en el Louvre con faisanes, perdices y corzos, se contentaron con la tortilla de tocino de A la Belle Etoile, será preciso que tenga la bondad de volver con nosotros al viejo palacio de los reyes y de seguir a la reina Margarita de Navarra, a quien La Mole perdió de vista a la entrada de la galería.
Mientras Margarita descendía la escalera, el duque Enrique de Guisa, a quien ella no había vuelto a ver des de la noche de su boda, se hallaba en el gabinete del rey. La escalera salía a un corredor que comunicaba directamente con las habitaciones de la reina madre, Catalina de Médicis. El gabinete donde se encontraba el duque tenía una puerta que daba a este mismo corredor.
Se hallaba Catalina de Médicis sola, sentada junto a una mesa, con el codo apoyado sobre un libro de misa entreabierto y la cabeza reclinada sobre una mano to davía notablemente hermosa, gracias al cosmético que le preparaba el florentino Renato, que desempeñaba el doble cargo de perfumista y proveedor de venenos de la reina madre.
La viuda de Enrique II llevaba el mismo luto que adoptó a la muerte de su marido. Era una mujer de cin cuenta y dos o cincuenta y tres años, que conservaba, gracias a su lozana robustez, algunos rasgos de su antigua belleza. Su cuarto, como su vestido, era el de una viuda. Todo tenía en él igual carácter sombrío: tapices, parede s y muebles.
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