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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.46

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-¡Oh! -exclamó-. No es una mortal, es una diosa, y como dijo Virgilio : Et vera incessu patuit dea.
-¿Me seguís? -preguntó el paje.
-Aquí estoy, perdonad, ya os sigo –respondió La Mole.
El paje, precedido de La Mole, descendió un piso, abrió una puerta, luego otra y, deteniéndose en el um­bral, dijo:
-Éste es el lugar donde debéis esperar.
La Mole entró en la galería y la puerta se cerró a sus espaldas.
En la galería tan sólo halló a otro gentilhombre que se paseaba y parecía esperar también.
Ya la noche comenzaba a enviar espesas sombras desde lo alto de las bóvedas y, aunque los dos hombres estaban apenas a veinte pasos de distancia uno de otro, no podían distinguir sus rostros. La Mole se acercó. -¡Dios me perdone! -exclamó cuando estuvo a pocos pasos del otro-. ¡Si es el señor conde de Coconnas!
Al oír sus pasos, el piamontés se había vuelto y le miraba con el mismo asombro con que era mirado.
-¡Pardiez! ¡Que el diablo me lleve si no sois el señor conde de La Mole! ¡Uf! ¿Qué estoy haciendo? ¿Jurar en la casa del rey? Pero ¡bah! Tengo entendido que el rey jura más que yo y h asta en la iglesia. Nos encontramos de nuevo en el Louvre...
-Tal como lo estáis viendo. ¿Os introdujo el señor Besme?
-Sí, es un alemán sumamente amable... Y a vos ¿quién os sirvió de introductor?
-El señor De Mouy. No me equivocaba al deciros que los h ugonotes tenían prestigio en la corte... ¿Ha­béis visto al duque de Guisa?
-Aún no. Y vos ¿obtuvisteis vuestra audiencia con el rey de Navarra?
-No, pero no tardaré en conseguirla. Me trajeron hasta aquí diciéndome que esperara.
-¡Ya veréis cómo se trata de algún magnífico festín al que seremos invitados! ¡Pero qué singular casualidad, a fe mía! Desde hace dos horas el destino nos une. Pero ¿qué tenéis? Parecéis preocupado...
-¿Yo? -dijo en seguida La Mole, estremeciéndo se porque, efectivamente, seguía como en éxtasis recor­dando la visión que se le había aparecido -. No, pero el lugar en que nos hallamos trae a mi espíritu multitud de sugerencias.
-Filosóficas, ¿no es cierto? Lo mismo me ocurre a mí. Justamente cuando entrasteis, acudían a mi mente
todas las recomendaciones de mi preceptor.


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