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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.44

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-Entrad -le dijo-, a informaos.
Y saludándole se retiró.
Apenas estuvo solo, La Mole miró a su alrededor. La antecámara estaba vacía y una de sus puertas inte­riores abierta. Dio algunos pasos y se encontró en un pasillo. Golpeó y llamó sin que nadie le respondiera. El más profundo silencio reinaba en esta parte del Louvre.
« ¡Y pensar que me habían hablado de un rígido pro tocolo! -dijo para sí-. En este palacio todo el mundo entra y sale como en una plaza pública.»
Y volvió a llamar sin obtener mejor resultado que la primera vez.
«¡Adelante, pues! -pensó -. ¡Ya tropezaré con alguien! »
Y se metió por el pasillo, que se hacía cada vez más oscuro.
De pronto, la puerta que quedaba enfrente de aqué lla por donde había entrado se abrió y aparecieron dos pajes llevando antorchas con las que iluminaban el camino a una mujer de estatura imponente, porte majes­tuoso y, sobre todo, de una admirable belleza.
La luz dio de lleno sobre La Mole, que permaneció inmóvil.
La dama se detuvo al verle.
-¿Queríais algo, señor? -le preguntó con una voz que en los oídos del joven hizo el efecto de una música deliciosa.
-¡Oh, señora! -dijo La Mole bajando la vista-. Excusadme, os lo ruego. Acabo de dejar al señor De Mouy, que ha tenido la gentileza de conducirme hasta aquí, y buscaba al rey de Navarra.
-Su Majestad no se encuentra aquí, señor; está con su cuñado. Pero en su ausencia podríais decir a la reina...
-Sí, sin duda, señora, con tal de que alguien se dignara llevarme hasta ella.
-Estáis en su presencia.
-¡Cómo! -exclamó La Mole.
-Soy la reina de Navarra-dijo Margarita.
La Mole, asustado, hizo un gesto de estupor que provocó la risa de la reina.
-Hablad pronto, señor, que me está esperando la reina madre.
-¡Oh! Señora, si tenéis prisa, permitidme que me retire, porque me sería imposible hablaros en este mo ­mento. Me siento incapaz de concebir una idea; vuestra presencia me ha deslumbrado. Ya no pienso, admiro.
Margarita se acercó llena de gracia y de belleza a aquel joven que, sin saberlo, acababa de expresarse co ­mo un refinado cortesano.
-Serenaos, señor. Esperaré y me esperarán.
-Perdonadme, señora, si no he saludado antes a Vuestra Majestad con todo el respeto que tiene derecho a


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