La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.38
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En lugar de decirnos brutalmente: «Señores, no quiero daros albergue», habría hecho mejor en decir con amabilidad: «Entrad, señores», y poner luego en su cuenta: «Cuarto de amo, tanto; cuarto de criado, tanto.».Puesto que si no tenemos lacayos, pensamos tenerlos.
Y al decir esto, La Mole apartó suavemente al posadero, que ya alargaba la mano para coger su arcabuz, hizo pasar a Coconnas al mesón y entró tras él.
-No importa -dijo Coconnas-, pero siento tener que envainar la espada antes de saber si pincha tan bien como los tenedores de este bandido.
-Paciencia, estimado compañero, paciencia-dijo La Mole -. Todas las posadas están llenas de gentiles hombres atraídos a París por las fiestas de la boda o por la próxima guerra de Flandes y será difícil que encontremos otra. Además, quizá sea costumbre en París recibir de este modo a los extranjeros que llegan.
-¡Bendito seáis con vuestra maldita paciencia! -murmuró Coconnas, retorciéndose con furia sus bigotes y fulminando al posadero con su mirada -. ¡Ya puede cuidarse el pícaro! Si su cocina es mala, si su vino no tiene tres años de embotellado, si su criado no es tan dócil como un junco...
-¡Vaya, vaya, señor mío! -dijo el hombre, afilando contra una piedra el cuchillo que llevaba en la
cintura-. Tranquilizaos, esto es jauja.
Luego, en voz baja y moviendo la cabeza:
-Debe de ser un hugonote -murmuró-. ¡Se han vuelto tan insolentes los traidores desde el casamiento de su Bearnés con nuestra Marga rita!...
Y con una sonrisa, que hubiera hecho estremecer a sus huéspedes si la hubieran visto, agregó:
-¡Ja, ja! Sería gracioso que hubiera caído un hugonote... y que...
-¿Qué, no cenamos? -preguntó con acritud Co connas, interrumpiendo las cavilaciones del posadero.
-Cuando gustéis, señor -contestó éste, satisfecho por el último pensamiento que había tenido.
-Cuanto antes -repuso Coconnas.
Después, dirigiéndose a La Mole, dijo:
-Decidme, señor conde, mientras nos preparan el cuarto: ¿por ventura os parece. París una ciudad alegre?
-No, a fe mía-respondió La Mole-, creo no haber visto hasta ahora más que rostros huraños o repulsivos. Quizá los parisienses tengan también miedo de la tormenta. Mirad qué negro y plomizo está el cielo.
-Decidme otra cosa, señor conde, buscáis el Louvre, ¿no es cierto?
-Y vos también, según creo, señor de Coconnas. -Pues si queréis lo buscaremos juntos.
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