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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.36

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-Acabáis de decidirme -dijo el provenzal riendo-.Indicadme el camino, señor, os lo ruego.
-¡Oh, señor! Por mi alma que no lo haré; no soy sin o vuestro humilde servidor, el conde Annibal de Coconnas.
-Y yo, señor, no soy más que el conde Joseph-Hyacinte-Boniface de Lerac de la Mole, para serviros.
-En ese caso, cojámonos del brazo y entremos juntos.
El resultado de esta conciliadora proposición fue que los dos jóvenes, descendiendo de sus cabalgaduras y entregando las bridas en manos de un palafrenero, se ciñeron las espadas y, cogidos del brazo, se encaminaron hacia la puerta de la posada, en cuyo umbral estaba el dueño. Contra la costumbre de esta clase de gente, el digno propietario no debía de haber reparado en ellos, pues se hallaba ocupado en conversar muy interesadamente con un sujeto flaco y amarillo envuelto en una capa de color ceniciento, tal que un búho bajo sus plumas.
Los dos gent iles hombres se habían aproximado tan to al posadero y a su interlocutor, que Coconnas, impaciente por la poca importancia que el tal posadero les otorgaba, le dio un tirón de la manga. Éste pareció entonces despertar sobresaltado y despidió a su compinch e diciéndole: «Hasta la vista. Volved pronto y, sobre todo, tenedme al corriente de la hora.»
-¡Eh, señor estúpido! -dijo Coconnas-. ¿No veis que nos dirigimos a vos?
-Perdón, señores, no les había visto.
-¡Cristo! Tendríais que habernos visto, y ahora en lugar de decir «Señor» a secas, deberíais haber dicho
«Señor conde». Digo, si os place.
La Mole se mantenía aparte, dejando hablar a Coconnas, que parecía haber tomado el asunto por su cuenta.
Sin embargo, al ver su ceño fruncido era fácil darse cuenta de que estaba dispuesto a ir en su ayuda en cuanto se presentara la ocasión.
-¿Y qué es lo que deseáis, señor conde? -preguntó el posadero, con calma.
-Así, esto ya es otra cosa, ¿no es cierto? -dijo Coconnas volviéndose hacia La Mole, quien hacía con su cabeza un signo afirmativo -. El señor conde y yo, atraídos por vuestro anuncio, deseamos comer y alo ­jarnos en vuestra posada.
-Lo siento infinitamente, señores -repuso el posadero-, pero no tengo más que una habitación dispo nible y temo que no os conven ga.
-¡Tanto mejor, a fe mía! ¡Nos iremos a otra parte! -dijo La Mole.


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