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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.35

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Página 35 de 497


En cuanto al segundo viajero, digamos que formaba el más absoluto contraste con el primero. Bajo el sombrero de alas levantadas aparecían, abundantes y rizados, unos cabellos más bien rojos que rubios. Bajo sus cabe llos, unos ojos grises brillaban a la menor contrariedad con tan resplandeciente llama que llegaban a parecer negros.
El resto de su cara, por lo demás de un tinte rosado, se componía de unos dientes admirables y de unos labios finos bajo un bigote rojizo. En suma, con sus anchos hombros era lo que se dice un apuesto caballero. Hacía más de una hora que levantaba la nariz hacia todas las ventanas, con el pretexto de buscar letreros de posadas, y durante este tiempo las mujeres le habían mirado mucho y los hombr es que quizás experimentaran tentaciones de reír al ver su capa raquítica, sus calzas arruga das y sus botas de forma anticuada, habían concluido con un « ¡Dios os guarde! » de lo más gracioso ante aque lla fisonomía que cambiaba en un minuto diez veces de expresión sin adoptar nunca la que es peculiar al rostro bonachón del provinciano cohibido.
Él fue quien, primero se dirigió al otro gentilhombre, el cual, como hemos dicho, contemplaba la posada de A la Belle Etoile.
-¡Pardiez, señor! -dijo con ese horrible acento de la montaña que permitiría reconocer con una sola palabra a un piamontés entre cien extranjeros-. ¿Estamos cerca del Louvre? En todo caso creo que habéis tenido el mismo gusto que yo, lo que para mí es un honor. . .
-Señor-respondió el otro con un acento provenzal que no tenía nada que envidiar al acento piamontés de su compañero -, creo, en efecto, que esta posada está cerca del Louvre. Sin embargo, aún me pregunto si tendré el honor de ser de vuestra misma opinión. Lo estoy pensando.
-¿No os habéis decidido, señor? El aspecto de la posada es atrayente. Además, quizá yo me haya dejado influir por vuestra presencia, pero reconoced, por lo menos, que la pintura del rótulo es prometedora.
-¡Oh! Sin duda, y eso es justamente lo que me hace desconfiar de la realidad. París está lleno de pícaros, según me han dicho, y esa muestra bien puede ser un reclamo para cazar incautos.
-¡Por Dios, señor! -repuso el piamontés-. No seré yo quien se deje engañar. Si el dueño no me sirve un ave tan bien asada como la de su letrero, le pondré a él mismo en el asador y no le dejaré hasta que quede convenientemente tostado.


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