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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.33

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Página 33 de 497



-Tengo diez arcabuces en esta sala -dijo Carlos IX-; con cualquiera de ellos soy capaz de dar a un escudo de oro a cincuenta pasos. ¿Queréis ensayar alguno?
-¡Oh, Sire, con el mayor placer! -exclamó Maurevel, aproximándose a un rincón donde se hallaba el arcabuz que aquel mismo día habían entregado a Carlos IX.
-No, ése no -dijo el rey-. Lo reservo para mí. Uno de estos días tendré una importante partida de caza donde espero que me sea útil. Todo s los demás están a vuestra disposición.
Maurevel descolgó un arcabuz de una panoplia.
-¿Y quién será la víctima, si puede saberse? -preguntó el asesino.
-¿Acaso lo sé yo? -respondió Carlos IX, aplastando al miserable bajo una desdeñosa mirada.
-Se lo preguntaré entonces al señor de Guisa-balbuceó Maurevel.
El rey se limitó a encogerse de hombros.
-Más vale que no preguntéis nada. El señor de Gui sa no os responderá. ¿Por ventura se contestan esa clase de preguntas? Corresponde a aquellos que no quieren ser ahorcados adivinarlo.
-Pero, en fin, ¿cómo podré reconocer a la víctima?
-Ya os dije que todas las mañanas, a eso de las diez, pasa por delante de la ventana del canónigo.
-¡Pasarán tantos frente a esa ventana! Dígnese Vuestra Majestad indicarme siquiera alguna señal.
-¡Oh! Es muy fácil. Mañana, por ejemplo, llevará bajo el brazo una cartera de cuero rojo.
-Basta con eso, Sire.
-¿Conserváis aún aquel caballo tan ligero que os regaló el señor De Mouy?
-Tengo uno, árabe, de los más veloces.
-No creáis que os compadezco: sin embargo, os convendrá saber que el claustro tiene una puerta trasera.
-Gracias, Sire. Ahora rogad a Dios por mí.
-¡Que os lleven los demonios! Y encomendaos a ellos, porque sólo con su protección podréis evitar la horca.
-Adiós, Sire.
-Adiós. Y a propósito, señor de Maurevel, quiero que sepáis que si por cualquier motivo se oye hablar de vos mañana antes de las diez o si no se oye hablar después de esa hora, hay una mazmorra en el Louvre.
Y Carlos IX se puso a silbar tranquilamente, y con mejor entonación que nunca, su canción favorita.
IV
LA NOCHE DEL 24 DE AGOSTO DE 1572
Nuestro lector no habrá olvidado que en el capítulo anterior se habla de un gentilhombre apellidado La Mole, a quien esperaba con cierta impaciencia Enrique de Nav arra.


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