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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.31

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Página 31 de 497


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-¡Oh, Sire!
-¿Un valiente gentilhombre picardo?
-¡No me abruméis, Sire! -exclamó Maurevel.
-Era un digno oficial --continuo Carlos IX y, a medida que hablaba, una expresión de crueldad casi feroz se pintaba en su rostro-, que os acogió como a un hijo, os dio albergue, os vistió y alimentó...
Maurevel dejó escapar un suspiro de desesperación.
-Creo que le llamabais vuestro padre -continuo implacablemente el rey- y que una tierna amistad os unía a su hijo, el joven De Mouy.
Maurevel, siempre de rodillas, se inclinaba cada vez más abrumado por las palabras de Carlos IX, quien permanecía de pie, impasible, semejante a una estatua en la que solamente los labios estuviesen dotados de vida.
-A propósito -continuo el rey -, ¿no eran diez mil escudos los que debíais recibir del señor de Guisa si matabais al almirante?
El asesino, consternado, tocaba el suelo con la frente.
-En cuanto al señor De Mouy, vuestro buen padre, tengo entendido que un día lo escoltasteis en un reconocimiento que efectuaba por el lado de Chevreux. Se le cayó el látigo y bajó del caballo para recogerlo. Tan sólo vos estabais con él; desenfundasteis una pistola y mientras se agachaba le disparasteispor la espalda; luego, viéndolo muerto, huisteis en el mismo caballo que él os había regalado. Ésta es la historia, según creo.
Y como Maurevel permaneciera mudo ante esta acusación, cuyos detalles todos eran ciertos, Carlos IX volvió a silbar con igual justeza y ritmo el mismo aire de caza.
-¿Sabéis que con esto, señor asesino -dijo al cabo de un instante-, me están entrando ganas de haceros colgar? .
-¡Por favor, Majestad! -gritó Maurevel.
-El joven De Mouy me lo suplicaba ayer mismo y, en verdad, no supe qué decirle, porque tiene mucha razón.
Maurevel juntó sus manos.
-Tanto más justa sería vuestra condena cuanto que, como vos lo habéis dicho, soy el padre de mi pueblo y que, como os he respondido ahora que estoy reconciliado con los hugonotes, los considero tan hijos míos como a los católicos.
-Sire -dijo Maurevel completamente desarmado-, mi vida está en vuestras mano s, haced con ella lo que queráis.
-Sólo os digo que yo no daría ni un céntimo por ella.
-Pero, Sire, ¿no habría algún medio para que se me perdonara mi crimen? -preguntó el asesino.


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