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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.28

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Página 28 de 497


oú le plus fier tyran n´a jamais eu d´empire



-Sire-dijo Coligny-, sabía que Vuestra Majestad se entretenía con las musas, pero ignoraba que hubiese hecho de ellas sus principales consejeras.
-Después de ti, padre mío, después de ti; y para no turbar mis relaciones con ellas voy a darte el go bierno de todos los asuntos. Escucha, pues: en este momen to tengo que responder a un nuevo madrigal que mi querido y gran poeta me ha enviado...; no puedo, por lo tanto, entregarte todos los papeles necesarios para que lo pongas al corriente de la gran cuestión que nos separa a Felipe II y a mí. Tengo, además, una especie de plan de campaña que proyectaron mis ministros. Buscaré todo eso y lo entregaré mañana por la mañana.
-¿A qué hora, señor?
-Alas diez; y si por casualidad me hallara ocupado con mis versos y estuviese encerrado en mi despa­cho... ¡No import a! Entra de todos modos y coge cuantos papeles encuentres sobre esta mesa, dentro de esa carpeta roja: su color es tan llamativo que no podrás equivocarte. Voy a escribir ahora mismo a Ronsard.
-Adiós, señor
-Adiós, padre mío

-¿Vuestra mano?
-¿Mi mano? ¡Ven a mis brazos, junto a mi corazón! Es el lugar que lo corresponde. ¡Ven acá, viejo guerrero, ven!
Y Carlos IX, atrayendo hacia sí a Coligny cuando éste se inclinaba, le besó sus blancos cabellos.
El almirante salió enjugándose una lágrima.
Carlos IX le siguió mirando hasta perderlo de vista, aguzó el oído hasta que no oyó sus pasos y, cuando ya no veía ni oía nada, inclinó, como acostumbraba, su cabeza sobre el hombro y pasó lentamente a la sala de armas.
Aquél era el lugar favorito del rey; allí rec ibía las lecciones de esgrima de Pompeyo y aprendía con Ron­sard las reglas de la poesía. Había reunido una gran colección de las más perfectas armas ofensivas y defensivas que pudo hallar.
Todas las paredes estaban cubiertas de hachas, escudos, picas, alabardas, pistolas y mosquetes. Aquel mismo día, un célebre armero le había traído un magnífico arcabuz, en cuyo cañón, incrustados en letras de plata, podían leerse estos cuatro versos compuestos por el rey poeta:
Pour maintenir la foy, J
suis belle et fidèle;

entrado, fue a levantar un tapiz que disimulaba el paso a otra habitación, donde una mujer, arrodillada en un reclinatorio, rezaba sus oraciones.


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