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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.26

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-¡Bravo, padre mío! Muy bien contestado -dijo Carlos IX-; demostradles a estos jóvenes que la sabi duría, al mismo tiempo que los años, ha hecho blan quear vuestra barba y vuestra cabellera. Enviémosles a que hablen de sus torneos y de sus amores y quedemos nosotros hablando de nuestras guerras. Los buenos sol-dados son quienes resultan buenos reyes. Conque ya lo sabéis, señores, tengo que conversar con el almirante.
Los dos jóvenes salieron. El rey de Navarra, primero; el duque de Guisa, después.
En cuanto traspusieron la puerta, cada uno se fue por su lado, luego de cambiar una fría reverencia.
Coligny los siguió con la mirada, no sin abrigar cierta inquietud. Siempre que veía aproximarse aque llos dos odios, temía el choque que hiciera surgir el relámpago. Carlos IX, comprendiendo lo que turbaba su mente, se le acercó y, cogiéndole por el brazo:
-Estad tranquilo, padre -le dijo -. Aquí estoy yo para mantener a cada uno dentro de la obediencia y del respeto debido. Soy rey desde que mi madre dejó de ser reina, esto es, desde que Coligny es mi padre.
-¡Oh, Sire! -dijo el almirante-. La reina Catalina...
-... Es una intrigante. Con ella no hay paz posible. Esos católicos italianos son fanáticos y no entienden de otra cosa que no sea exterminar. Yo, por el contrario, no sólo quiero pacificar, sino que, además, deseo fortalecer a los de la religión reformada. Los otros, padre mío, son demasiado disolutos y me escandalizan con sus amoríos y desvergüenzas. Mira, ¿quieres que lo hable con franqueza? -continuó Carlos IX, cada vez más expansivo-. Pues bien: desconfío de todos los que me rodean, exceptuando a mis nuevos amigos. La ambición de Tavannes me resulta sospechosa. A Vieilleville sólo le interesa el buen vino, y sería capaz de traicionar a su rey por un tonel de malvasía. Montmorency no tiene más preocupación que la caza y pierde todo su tiempo con sus perros y sus halcones. El conde de Retz es español, lo s Guisa son loreneses; creo que no hay más verdade ros franceses en Francia, ¡Dios me perdone!, que yo, mi cuñado, el de Navarra, y tú. Pero yo estoy encadenado al trono y no puedo mandar ejércitos, a lo sumo me dejan cazar a gusto en Saint -Germain y en Rambouillet. Mi cuñado, el de Navarra, es demasiado joven a inex perto.


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