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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.22

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-Queda convenido -le dijo.
-¿Alianza política, franca y leal?
-Franca y leal -respondió la reina.
Atrayendo la mirada de Margarita, que parecía fascinada, el bearnés se dirigió hacia la puerta. Luego, cuando los cortinajes cayeron entre ellos y la alcoba, añadió:
-Gracias, Margarita, gracias. Sois una verdadera princesa de Francia. Me marcho tranquilo. A falta de vuestro amor, cuento con vuestra amistad, cuento con vos, como vos podéis contar conmigo. Adiós, señora.
Enrique besó la mano de su esposa, oprimiéndola suavemente. Luego, con pasos ligeros, regresó a sus habitaciones, preguntándose para sus adentros:
«¿Quién demonios estará con ella? ¿El duque de Anjou? ¿El duque de Alençon? ¿El de Guisa? ¿Será su hermano, su amante o las dos cosas a la vez? En verdad casi estoy arrepentido de haberme citado con la baronesa, pero empeñé mi palabra y Dariole me espera... Sospecho que será ella la que haya salido perdiendo con mi paso por el dormitorio de mi esposa antes de ir al suyo. Y es que, ¡voto a Satanás!, esta "Margot", como la llama mi cuñado Carlos IX, es una adorable criatura.»
Con un andar en el que se delataba cierta vacilación, Enrique de Nav arra subió la escalera que conducía a las habitaciones de la señora de Sauve. Margarita le siguió con los ojos hasta que desapareció. Al entrar de nuevo en su alcoba, encontró al du ­
que en la puerta del gabinete. Su presencia le produjo casi un remordimiento. El duque, por su parte, estaba serio y su entrecejo fruncido denotaba una amarga preocupación. -Margarita es hoy neutral-dijo-, Margarita será hostil dentro de ocho días. -¡Ah! ¿Conque habéis escuchado? -¿Qué otra cosa queríais ´que hiciese encerrado ahí? -¿Y os parece que me he conducido de distinto modo a como debía conducirse la reina de Navarra? -No, pero sí de otro modo a como debía hacerlo la amante del duque de Guisa. -Señor -repuso la reina-, podré no amar a mi marido, pero nadie tiene derecho a exigirme que le traicione.
Decidme de buena fe si traicionaríais vos el secreto de vuestra esposa, la princesa de Porcian. -Vamos, señora -dijo el duque moviendo la cabeza-, creo que ya está bien. Comprendo que ya no me amáis como en aquellos días en que me contabais lo que tramaba el rey contra mí y contra los míos. -Entonces, el rey era el fuerte y vosotros erais los débiles.


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