La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.20
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.. solos como estamos -repuso el rey -. Os decía, pues...
Margarita, visiblemente atormentada, hubiera que rido detener cada palabra en los labios del bearnés. Enrique proseguía con su aparente ingenuidad:
-Os decía, pues, que estoy amenazado por todas partes: amenazado por el rey, amenazado por el duque de Alençon, amenazado por el duque de Anjou, amenazado por la reina madre, amenazado por el duque de Guisa, por el de Mayenne, por el cardenal de Lorena, por todo el mundo, en fin. Esto se sabe por instinto, de sobra lo comprendéis, señora. Pues bien, contra todas esas amenazas, que no tardarán en convertirse en ataques, puedo defenderme con vuestro apoyo. A vos os quieren todas esas personas que a mí me detestan.
-¿A mí? -preguntó Margarita.
-Sí, a vos -respondió Enrique de Navarra con la mayor naturalidad-. Os quiere el rey Carlos, os quiere -añadió recalcando el nombre- el duque de Alençon, os quiere la reina Catalina, os quiere el duque de Guisa.
-Señor... -murmuró Margarita.
-Nada tiene de extraño que todo el mundo os quiera. Quienes acabo de nombrar son vuestros hermanos o vuestros parientes. Amar a los parientes y a los hermanos es vivir conforme a la ley de Dios.
-Terminad ya, de una vez -dijo Margarita sofocada -. ¿Hasta dónde queréis llegar, señor?
-Quiero llegar hasta donde os he dicho y es que si os convertís, no diré en mi amiga, sino en mi aliada, podré afrontarlo todo; pero si, por el contrario , preferís ser mi enemiga, estoy perdido.
-¡Oh! Jamás seré vuestra enemiga -exclamó Margarita.
-Por lo que se ve, ¿tampoco seréis nunca mi amiga?
-Puede ser.
-¿Y mi aliada?
-Eso sí.
Y Margarita se volvió, tendiendo la mano al rey.
Enrique la cogió, la besó con galantería y, guardándola entre las suyas más por un deseo de investigación que por un sentimiento de ternura, dijo:
-Os creo, señora, y desde ahora os tengo como aliada. Nos han casado sin que nos conociéramos, sin que nos amásemos, incluso sin consultarnos. No nos debe mos, por lo tanto, nada como marido y mujer. Ya veis, señora, que, anticipándome a vuestros deseos, vengo a confirmaros esta noche lo que os dije ayer. Ahora nosotros nos aliamos libremente sin que nadie nos obligue a ello; nos aliamos como dos corazones leales que se deben mutua protección.
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