La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.18
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¿Queréis mejor prueba de ese odio y de ese desprecio que vuestra presencia aquí, en la habitación donde él debería estar a estas horas?
-Aún no es tarde, señora, y el rey de Navarra necesita tiempo para despedir a sus gentiles hombres. Si no ha venido, no tardará en llegar.
-¿Cómo queréis que os diga que no vendrá? -exclamó Margarita con creciente despecho.
-Señora -dijo Guillonne abriendo la puerta y levantando las cortinas-, el rey de Navarra sale en este momento de sus habitaciones.
-¡Estaba seguro de que vendría! -gritó el duque de Guisa.
-Enrique -dijo Margarita con voz cautelosa, co giéndole de la mano-. Enrique, vais a ver si soy una mujer de palabra y si se puede confiar en mis promesas; entrad en ese gabinete.
-¡Señora, dejadme partir si es tiempo todavía, porque a la prim era prueba de amor que el rey os dé, saldré de mi escondite y... desdichado de él!
-¡Entrad os digo! ¡Estáis loco! ¡Entrad! Yo responderé de todo.
Y empujó al duque hacia el gabinete. ¡Con qué oportunidad! Apenas se cerró la puerta detrás del duque, apar eció sonriente el rey de Navarra, escoltado por dos pajes que llevaban ocho velas de cera amarilla.
Margarita disimuló su turbación en una profunda reverencia.
-¿Todavía no estáis acostada, señora? -preguntó el bearnés con su aspecto franco y jovial -. ¿O es que por
ventura me esperabais?
-No, señor -respondió Margarita-, ayer mismo me dijisteis que sabíais perfectamente que nuestro matrimonio era una alianza política y que nunca ejer ceríais vuestros derechos sobre mí.
-Desde luego, pero esto no es razón p ara que no conversemos un poco los dos. Guillonne, cerrad las puertas y dejadnos.
Margarita, que se había sentado, levantóse y extendió la mano como para ordenar a los pajes que se que daran.
-¿Será preciso que llame a vuestras damas? -preguntó el rey-. Así lo haré si es vuestro deseo, pero os confieso que, por las cosas que tengo que deciros, preferiría que estuviésemos solos. -Y el rey de Navarra se adelantó hacia el gabinete.
-¡No! -gritó Margarita, interceptándole violentamente el paso -. Es inútil; estoy dispuesta a escucharos.
El bearnés sabía ya cuanto deseaba saber. Dirigió una rápida mirada hacia el gabinete, como si a través de los cortinajes hubiese querido penetrar en sus más sombrías profundidades.
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