La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.17
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-Todo es vuestro -replicó el duque -; elegid, pues, y destruid lo que queráis.
Margarita registró con rapidez el cofre abierto. Fue cogiendo con sus manos febriles hasta una docena de cartas, limitándose a ver los sobres, como si con esto su memoria recordara cuál era su contenido, pero, al llegar al final de su examen, miró al duque y, palideciendo, le dijo:
-Señor, no está aquí la que busco. ¿Acaso la habéis perdido? Porque si la habéis entregado...
--¿Qué carta buscáis, señora?
-Aquella en que os decía que os casarais sin tardanza.
-¿Para excusar vuestra infidelidad?
Margarita se limitó a encogerse de hombros:
-No, por cierto, sino para salvaros la vida. Busco la carta en la que os decía que el rey, enterado de nuestro amor y viendo los esfuerzos que yo hacía para romper vuestra futura unión con la infanta de Portugal, había llamado a su hermano, el bastardo de Angulema, y le había dicho, mostrándole dos espadas: «Con ésta matarás a Enrique de Guisa esta noche o yo lo mataré mañana con esta otra». Decidme, ¿dónde está esa carta?
-Vedla aquí-dijo el duque sacándola de su pecho.
Margarita casi se la arrebató de las manos, la abrió con avidez, se cercioró de que era realmente la que buscaba, lanzó una exclamación de alegría y la acercó a una vela. La llama se comunicó enseguida al papel, que ardió en un instante. Luego, como si Margarita temiese que pudieran descubrirla, aplastó las cenizas con su pie.
Durante toda esta febril escena, el duque de Guisa había seguido con la mirada a su amante.
-¿Y ahora, Margarita? -le dijo cuando ella hubo terminado-. ¿Estáis contenta?
-Sí, porque ahora que estáis casado con la princesa de Porcian, mi hermano me perdonará vuestro amor, mientras que antes no me hubiese perdonado el haberos revelado un secret o como el que, en mi debilidad
por vos, no tuve el valor de ocultaros.
-Es verdad -respondió el duque de Guisa-. Claro que en aquel tiempo me amabais...
-Y os amo todavía, Enrique, tanto o más que antes.
-¿Vos?
-Sí, yo. Nunca he necesitado tanto un amigo sincero y fiel como ahora que soy una reina sin trono y una esposa sin marido.
El joven príncipe ladeó tristemente la cabeza.
-Os digo y os repito, Enrique, que mi marido no solamente no me ama, sino que me odia, me desprecia.
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