La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.16
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-Venid, pues, sin perder un instante -dijo entonces, en medio de la oscuridad, una voz que hizo estremecer al duque, pues reconoció en ella a la de Margarita.
Al mismo tiempo, al levantarse un cortinaje de terciopelo violeta con doradas flores de lis, el duque distinguió en la sombra a la reina en persona que, im paciente, le salía al encuentro.
-Heme aquí, señora -dijo entonces el duque, y traspuso rápidamente la cort ina, que se cerró tras él.
Tocó el turno a Margarita de Valois de servir de guía al príncipe en estas habitaciones, que él conocía de sobra, mientras Guillonne, quedándose en la puerta, se llevaba un dedo a los labios para tranquilizar a su augusta señora.
Como si hubiera comprendido las celosas inquietudes del duque, Margarita le condujo hasta su dormitorio, donde le dijo:
-¿Estáis contento, duque?
-¿Contento, señora? -preguntó éste-. ¿Y de qué, si puede saberse?
-De esta prueba que os doy -repuso Marga rita con un imperceptible tono de despecho -, pues pertenezco a un hombre que la misma noche de bodas hace tan poco caso de mí, que ni siquiera ha venido a agrade cerme el honor que le he hecho, no ya eligiéndole por esposo, sino aceptándole como tal.
-¡Oh, señora! -dijo tristemente el duque-. Tranquilizaos: vendrá, sobre todo si vos lo deseáis.
-¡Y sois vos quien dice eso, Enrique! –exclamó Margarita-. ¡Vos, que sabéis mejor que nadie lo contrario de lo que estáis diciendo! ¿Os hubiera yo pedido que vinierais al Louvre si tuviera este deseo?
-Me habéis pedido que viniera al Louvre, Marga rita, porque deseáis borrar todo vestigio de nuestro pasado, pasado que no sólo vivía en mi corazón, sino también en este cofre de plata que os traigo.
-¿Queréis que os diga una cosa, Enrique?-repuso Margarita mirando fijamente al duque -. ¡Más que un príncipe, me parecéis un colegial! ¿Yo negar que os he amado? ¿Yo querer apagar una llama que quizá se extinga, pero cuya luz perdurará siempre? Sabed que los amores de las personas de mi rango iluminan y a veces incendian toda una época. ¡No, no, mi dueño! Podéis conservar las cartas de vuestra Margarita y el cofre que ella os dio. De todas esas cartas, ella no reclama más que una sola, que es tan peligrosa para vos como para ella misma.
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