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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.15

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En el momento en que lo hacía se oyó abrirse una ventan a en la planta baja. Esta ventana estaba enrejada, pero una mano levantó uno de los barrotes, falseado con premeditación, y dejó caer un cordón de seda.
-¿Sois vos, Guillonne? -preguntó el duque en voz baja.
-Sí, monseñor -respondió una voz femenina en tono todavía más bajo.
-¿Y Margarita?
-Os espera.
-Magnífico.
Dichas estas palabras, el duque hizo una señal a su paje, quien, abriendo su capa, desenrolló una pequeña escala de cuerda. El príncipe ató uno de los extremos de la escala al cordón. Guillonne atrajo hacia sí la escala y la sujetó sólidamente. El señor de Guisa, luego de ceñirse la espada, comenzó la ascensión, que hizo sin tropiezo alguno. Detrás de él volvió a su sitio el barro te, la ventana se cerró de nuevo y el paje, después de contemplar cuán tranquilamente entraba su señor en el Louvre, fue a tenderse, arrebujado en su capa, sobre la hierba del foso, al amparo de la muralla.
La noche era muy cerrada y caían algunas gotas de lluvia, tibias y gruesas, procedentes de unos nubarro ­nes cargados de electricidad.
El duque de Guisa siguió a su guía, que era nada menos que la hija de Jacques de Matignon, mariscal de Francia. Pasaba por ser la confidente de Margarita, quien no tenía secretos para ella y, según las malas len ­guas de la corte, entre los misterios que ocultaba su in corruptible fidelidad, había algunos tan terribles que le obligaban a guardar los otros.
Ninguna luz había quedado encendida en las habitaciones del piso bajo ni en los corredores. Sólo de vez en cuando un tenue relámpago iluminaba las oscuras habitaciones con un reflejo azulado y fugaz.
El duque, siempre guiado por la muchacha que lo llevaba de la mano, llegó por fin a una escalera de caracol que se abría en el espesor de un muro y que iba a dar a una puerta secreta a invisible de la antecámara de las habitaciones de Margarita. Esta antecámara, como las demás cámaras del piso bajo, estaba sumergida en la más completa oscuridad.
Al llegar allí, Guillonne se detuvo.
-¿Habéis traído lo que la reina desea? -inquirió en voz baja.
-Sí -respondió el duque de Guisa-, pero sólo se lo entregaré a Su Majestad en persona.


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