La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.11
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-¡Oh! -replicó la baronesa-. Yo había creído que, por el contrario, esa persona era el juguete y la burla del rey de Navarra.
Enrique se quedó estupefacto ante aquella actitud hostil, pero después cayó en la cuenta de que era pro ducto del despecho, y pensó que éste no es más que la máscara del amor.
-En verdad, querida Carlota-dijo-, me acusáis muy injustamente y no comprendo cómo una boca tan bella pueda ser a un mismo tiempo tan cruel. ¿Creéis por ventura que soy yo quien se casa? ¡Oh, no, de nin guna manera! ¡Qué voy a ser yo!
-Seré yo entonces -repuso la baronesa con acritud, si es que puede parecer agria la voz de la mujer que nos ama y se queja de no sentirse correspondida.
-¿Con unos ojos tan bellos, no alcanzáis a ver más allá? No, no, no es Enrique de Navarra quien se casa con Margarita de Valois.
-¿Pues quién es?
-¡Por Dios, baronesa! Es la religión reformada la que se casa con el Papa. ¡Ni más ni menos!
-Nada de eso, señor, no pienso dejarme engañar por vuestros juegos de ingenio; Vuestra Majestad ama a Margarita y no soy yo, Dios me li bre, quien puede reprochároslo. Ella es lo bastante hermosa como para ser amada.
Enrique reflexionó un instante, durante el cual las comisuras de sus labios fingieron una sonrisa.
-baronesa -dijo-, según veo, buscáis querella. No tenéis derecho a ello. ¿Qué habéis hecho, decidme, para impedir que me case con Margarita? Nada. Por el contrario, me habéis hecho perder toda esperanza.
-¡Bien castigada estoy! -respondió la señora de Sauve.
-¿Por qué?
-Por la sencilla razón de que hoy os casáis con otra.
-¡Si me caso con ella es porque vos no me amáis...!
-Si os amase, Sire, moriría antes de una hora.
-¡Dentro de una hora! ¿Qué queréis decir? ¿Cuál sería la causa de vuestra muerte?
-¡Los celos!... Dentro de una hora, la reina de Navarra despedirá a sus damas y Vuestra Majestad a sus gentiles hombres.
-¿Es ésta la idea que en realidad os tortura, amiga mía?
-No he querido decir eso; lo que sí digo es que, si os amara, me torturaría horriblemente.
-¡Pues bien! -exclamó Enrique lleno de júbilo al oír tal confesión, la primera que recibía de aquellos la-bios-.
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