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La Reina Margot (Alejandro Dumas) - pág.7

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La recién casada, hija de Enrique II, era la perla de la corona de Francia, es decir, Margarita de Valois, a quien el rey Carlos IX, con su familiar ternura, llamaba siempre «mi hermana Margot».
Jamás un recibimiento, por halagador que fuese, había sido tan merecido como el que ahora se dispen ­saba a la nueva reina de Navarra. Margarita, que entonces apenas contaba veinte años, era ya el objeto de las alabanzas de todos los poetas. Unos la comparaban a la aurora, otros a Citerea. Era, en efecto, la belleza sin rival en aquella corte donde Catalina de Médicis había reunido, para convertirlas en sus Sirenas, a las mujeres más hermosas que pudo hallar. Tenía los cabellos ne gros, el color encendido, la mirada voluptuosa y velada por largas pestañas, la boca roja y delicada, el cuello airo so, el talle firme y flexible y, ocultos en calzado de raso, unos pies de niña. Los franceses se sentían orgu llosos de tenerla con ellos, viendo cómo se abría en su tierra una flor tan magnífica... Los extranjeros que pasaban por Francia regresaban a sus países deslumbrados por su belleza si sólo la habían visto y admirados de su saber si habían logrado hablar con ella. Margarita no so lamente era la más bella, sino también la más culta de las mujeres de su tiempo. Se citaba la frase de un sabio italiano que le había sido presentado y que, después de haber conversado una hora con ella en italiano, español, latín y griego, se había ido diciendo lleno de entusiasmo: «Ver la corte de Francia sin ver a Margarita de Valois, ni es ver Francia ni es ver la corte».
No escasearon, por lo tanto, los murmullos de aprobación al rey Carlos IX y a la reina de Navarra; ya se sabe lo aficionados que eran los hugonotes a tales demostraciones. No faltaron infinidad de alusiones al pasado y hubo no pocas preguntas acerca del porvenir que fueron hábilmente deslizadas hasta el oído del rey en medio de los cumplidos.
A todas estas alusiones respondía el monarca con sus labios pálidos y su falsa sonrisa:
-Al entregar a mi hermana Margarita en brazos de Enrique de Navarra, entrego mi corazón en brazos de todos los protestantes del reino.
Esta frase tranquilizaba a unos y hacía sonreír a otros, porque en realidad tenía dos sentidos: uno pater­nal, en el que Carlos IX no quería insistir demasiado; otro injurioso, para la desposada , para su marido y has ta para el rey mismo, porque aludía a ciertos escándalos privados con que la crónica de la corte había encontrado ya el medio de manchar el velo nupcial de Margarita de Valois.


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